Política

¡SENTENCIADO!

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Por. Ramiro Rivera Molina

La primera sentencia por cohecho agravado. Es que Correa, como lo hace el delincuente, entró al poder rompiendo las puertas. ¡Dale Correa Dale! Fue el grito de odio, intolerancia y violencia. Al posesionarse como presidente se negó a prometer y jurar respeto a la Constitución. Después, con fiereza brutal expulso a 57 diputados para forzar una constituyente que alzó las manos por una Constitución diseñada a su medida. No fue un pacto social. Fue el trofeo que alzó el vencedor para humillar a los vencidos.

Ya encaramado en el poder, quiso que sea absoluto y total. No tuvo rubor alguno en decir que era el jefe de gobierno y del Estado y, como el Congreso, la Justicia y los demás organismos eran parte del Estado, él y sólo él era el jefe absoluto de todos. El Estado era él. La clientela estaba fundida en él. No había ciudadanos sino súbditos y siervos.

Y el poder no era para servir. El bien común no estaba en el horizonte. El poder era para imponer la política absoluta, escoger enemigos, sembrar odio y resentimiento. Perseguir con saña. Es que Correa, arrastra una pesada carga de rencor social y una fea identidad resentida.

Cuánta razón tuvo el inglés miembro de la Cámara de los Comunes Lord Acton cuando dijo: «El poder corrompe. El poder absoluto corrompe absolutamente». Correa y su equipo, muto a una estructura delictiva o una banda de bandidos. Nunca diferencio lo público de lo privado. Pensó “Estado soy yo”. Consideró que todos los recursos le pertenecían. Que podía actuar a sus anchas. Había borrado de la gramática de la democracia, la idea de la división de poderes y sus límites. Eran, decía, una idea burguesa. Al igual que la alternancia democrática. Entonces, pensó en el dominio hegemónico y en el poder perpetuo.

Destruyó el sistema político: tras utilizar a sus “amigos” de ocasión, los confinaba al infierno de sus enemigos. Así, los desecho. Partidos, sindicatos, organizaciones indígenas, profesionales, periodistas y medios de comunicación, todos se constituyeron en un obstáculo para alcanzar el poder absoluto. Cultivo la incondicionalidad, logrando embrutecer a muchos con el Estado de Propaganda. A otros los persiguió o los desapareció. El último “enemigo” a derrotar fueron los medios de comunicación y el periodismo de investigación.

Pero lo muertos que mató no murieron. Fue el periodismo de investigación el que urgió en las huellas inocultables de la corrupción. De ahí salió el caso Arroz Verde o Sobornos 2012-2016.

La justicia ha dicho que Correa fue un autócrata. Es decir, erigió una dictadura sin límites. Acumuló todo el poder posible con el Estado de propaganda y el Estado de corrupción. Lo más probable es que los millones del sistema de sobornos haya sido para los buses para sus clientes, los sanduches, las colas y las banderas. Sus compinches ya alzaron el vuelo y están en sus nuevas madrigueras.

Las decenas, las centenas y los miles de millones estarán en los sobreprecios de las carreteras, en las refinerías, en el petróleo, las construcciones de los elefantes blancos, las “plataformas”, Yachay, los préstamos, etc. Correa a lo largo de los diez años erigió un sistema delictivo casi perfecto. Logro controlar a los órganos de control. Él detrás de toda la estructura criminal. Como Hitler o Mussolini, instituyó su propia legalidad para alcanzar impunidad y legitimarse en el cesarismo plebiscitario.

Justificada alegría de millones de ciudadanos, en quienes renace la esperanza por una democracia con valores y principios. Correa y parte de su banda están sentenciados. Y es entonces cuando debemos valorar el principio de legalidad y la igualdad ante la Ley. Nadie por encima de la Ley.

La democracia tiene defectos, pero es perfectible. La dictadura representa el lado oscuro de los resentidos y el paraíso de los caudillos egocéntricos, hambrientos de poder y sedientos de odio y venganza. Correa merece esta sentencia y otras que deberán venir. Correa merece el rincón más oscuro, despreciable y pestilente de la historia.

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