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Loja y la ley de la gravedad

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Por: Santiago Roldós
VISTAZO

Plantear u organizar el debate cultural de un país a partir de un festival es como discutir las raíces de un árbol viendo los adornos de navidad que se le puedan colgar una vez talado.

El Festival de Artes Vivas de Loja ha generado malestar en una parte importante de la comunidad teatral ecuatoriana, aunque tal vez no siempre por las razones acertadas.

Desde un principio se cuestionaron sus posibles criterios de selección, proclives a escoger a grupos consagrados o regularmente invitados a este tipo de eventos, fuera y dentro del país. Lo cual es sumamente complicado, pues todo festival, como toda antología, es por definición discriminatorio.

El Gobierno entró al trapo, ansioso de votos y adherentes antes que de promover la crítica.

Luego vino el más cabal reclamo de que Estado central y Gobierno Nacional aparecieran como los gestores y productores directos de un evento que, además de concentrar grandes recursos, sustraía los mismos a otros festivales, algunos de ellos tan históricos como los de Manta o FIARTES Guayaquil, en franca competencia no sólo desleal, sino en manifiesta concreción de una política cultural al mismo tiempo clientelar y centralista.

Hacer que ello se materialice en la ciudad periférica por excelencia: Loja, habla de cómo este Gobierno, en lugar de saciar el hambre y la necesidad, hace de su manipulación virtud.

Loja juega hoy en los mundos del arte y la cultura un papel similar al de Montecristi en los campos de la política y la historia, al inicio del simulacro revolucionario de Alianza PAIS. Así como los conquistadores europeos edificaron sus templos cristianos sobre los preexistentes, así nuestra tecno burocracia desarrollista se trepa sobre los imaginarios y las singularidades de nuestras comunidades.

Coherente con dicha lógica, el impulso primero de la iniciativa presidencial tomó al Festival de Aviñón, Francia, como su modelo, del mismo modo en que Silicon Valley y Cal Tech lo fueron de Yachay, sin acreditar que todo ello entrara en contradicción con las teorías de la decolonización atesoradas por tanto socialista estalinista y posmoderno en el gobierno.

La decolonización, al menos en Ecuador, ha servido para agudizar relaciones de vasallaje, propias de un igualmente bastardeado Buen Vivir, parapeto de un modelo de Estado perseguidor y castigador, con su respectivo sistema de premiación a quienes considere que actúan de manera patriótica, lo que en sus términos significa: sumisa y disciplinadamente.

Algunos compañeros, algunos extraordinarios, del teatro ecuatoriano participarán en Loja. Que ello no se lea como un aval al despropósito que nos gobierna. Es la continuidad de un statu quo donde artistas y creadores son cuerdas demasiado frágiles de un entramado de sucesivos gobiernos centrales y municipales entendiendo la gestión del arte y la cultura como ámbitos y manifestaciones del decoro y el adocenamiento, que es la mirada más siniestra que se pueda echar sobre la disidencia y la transgresión, sinónimos enfáticamente precisos de lo que es en verdad el teatro.

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