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Quito.- (EFE).- Poco se podía imaginar el actual presidente de Ecuador, Lenín Moreno, en 2017, que tras una década de gobierno de Rafael Correa, el período de mayor estabilidad institucional en el país pero de crispación social y política, que su gestión como líder iba a estar marcada por una sucesión de crisis.

La lucha contra la corrupción y el narcotráfico, el fin del asilo a Julian Assange, el secuestro y asesinato de tres periodistas, la confrontación con su predecesor Rafael Correa, los agujeros financieros, los violentos disturbios de octubre de 2019 y, para cerrar, la pandemia del coronavirus, han jalonado una gestión casi bajo asedio.

¿Siente alivio por dejar la presidencia? «Sí, bastante. Bastante alivio pero, sobre todo, el alivio del deber cumplido», responde en una entrevista con Efe, en el salón amarillo del Palacio de Carondelet, sede histórica de gobierno desde antes de la independencia de Ecuador.

Allí, entre sus altos techos y una decoración clásica, se muestra como el Moreno más humano, quien en abril de 2018 se vio frente a las exigencias de un narcotraficante «Guacho» de liberar a dos de sus hombres so pena de asesinar a los tres periodistas del diario El Comercio; o la de eliminar los subsidios a las gasolinas, que derivaron en una ola de violencia que dejó una decena de muertos y unos 1.500 heridos.

«Lo creía justo porque estaba beneficiando únicamente a los ricos, los narcotraficantes y los traficantes de combustible», afirma el mandatario sobre esa resolución luego derogada, pero de la que dice, «me arrepiento», porque «seguramente no fue el momento y no se dialogó lo suficiente».

En un ejercicio de autocrítica, también lamenta no «no haber sido más previsivo y controlador» en la gestión de los hospitales al comienzo de la pandemia, cuando se descubrieron una serie de sobreprecios en la venta de insumos médicos en momentos en que el país más los necesitaba.

Y el no haber profundizado «bastante más» en el diálogo con todos los sectores y «convertirlo en una política de Estado».

GOBIERNO DE TRANSICIÓN

Y es que el de Moreno, de 68 años y que dejará el poder el 24 de mayo («es peligroso que una persona se eternice en el poder»), puede haber estado marcado en cierta medida por los avatares de una «transición imprevista», pues nadie anticipó que, tras ser aupado por el correísmo, rompiera con él con semejante rapidez.

Sí tenía cambios previstos (restauración del diálogo nacional y mejora de las relaciones exteriores), pero lo que marcó la ruptura y el inicio de la transición, confiesa, fue encontrarse un país sumido en deudas y corrupción.

Han sido casi cuatro años de gestión en los que Ecuador se apartó de la ideología del «Socialismo del Siglo XXI» e inició procesos judiciales anticorrupción contra su máximos representantes, que le han valido a Moreno el insulto de «traidor» por sus exaliados.

Insultos ante los que dice sentir una absoluta indiferencia porque: «Cuando uno no acepta el insulto, el insulto es devuelto a la persona que lo profiere».

«El ser humano está diseñado para cambiar (..) y siempre tenemos la posibilidad de cambiar cuando encontramos que las cosas no funcionan de la manera adecuada», explica al ser preguntado por ese inesperado viraje, evocando una entrevista al economista británico John Maynard Keynes allá por los años 30.

Keynes, Nietzche, Kennedy, Piaf, Aznavour, Llosa, Bolívar, o el mismísimo «Sauron», del Señor de los Anillos, son algunas de las numerosas fuentes a las que Moreno recurre a lo largo de la entrevista para armar sus decisiones de una esencia menos política, y con la que a veces deja perplejo a su interlocutor.

No duda en responder que sus mayores logros, son haber devuelto a su país una «libertad» que había sido «lastimosamente coartada de manera permanente en el gobierno anterior», así como el «diálogo», «el haber aprendido, a veces a la mala y generalmente a la buena», que es el «mejor mecanismo para poder cambiar, si es que lo que dice el otro es convincente».

El último y no menos importante, «dejar las cuentas en orden», porque «nosotros encontramos un país en el cual el pago de la deuda era mayor que el presupuesto de educación y salud juntos».

LA ESPADA DE DAMOCLES

Una deuda que afligía, aflige y seguirá afligiendo a Ecuador pese a los más de 11.000 millones de dólares que Moreno ha obtenido de organismos internacionales y de EE.UU. (su mayor aliado) para 2020 y 2021, porque con la pandemia la «patata caliente» se ha hecho más grande, aunque pocas alternativas había ante semejante crisis.

Un problema para que el que Moreno sólo ve una solución de «amor», aunque pueda «sonar cursi», y para el que propone «enseñar a los niños a que amen a su patria» porque «uno trabaja por las cosas que se aman, y a las cosas que se aman no se les roba».

En un país donde el coste de la corrupción fue cifrado hace dos años en 70.000 millones de dólares y la deuda es de unos 60.000 millones, ambos fenómenos van intrínsecamente ligados.

Al término ya de su mandato, sus detractores de derechas le atribuyen una «transición incompleta», y los de la izquierda correísta el haber arruinado su proyecto nacional y social de diez años.

Ideologías aparte, y sin considerarse realmente un gobierno de transición, Moreno cree que «lo único bueno que uno debe hacer es dejar el camino trazado y, si es que el próximo gobernante decide enderezarlo de mejor manera, mucho mejor todavía».

«Yo, independientemente de quién sea el candidato elegido, quiero dejarle un mejor país del que encontré», concluyó.

Elías L. Benarroch