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La tortura tenía una ‘fachada amable’

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(Diario LA HORA).- Dicen que nunca se escuchó un grito o una pelea. Cuentan que el señor era de lo más amable, que siempre saludaba y que nunca tuvieron problemas. Mencionan que los jóvenes, a veces, salían a hacer deporte o a comprar algo en la tienda. Todo parecía estar en orden.

La mayoría de vecinos de la clínica clandestina ‘Unión y Esperanza’, ubicada en el barrio Tiwintza (noroccidente de Quito), se sorprendieron del operativo que realizó la Policía, el pasado jueves. Para ellos no ocurría nada irregular en el edificio blanco de tres pisos donde continuamente veían entrar y salir personas, principalmente hombres, con problemas de drogadicción.

El dueño del terreno y la clínica, con su esposa, ya eran conocidos en la zona, según los relatos de las personas entrevistadas por La Hora. Calculan que desde hace ocho o nueve años viven allí, pero que hace alrededor de uno y medio abrieron la clínica.

“Nos dijo que nos iba a hacer un descuento, que nos iba a ayudar por ser vecinos”, contó una mujer que vive en el sector, quien internó a su sobrino. Cuando él se escapó, no le creyó que era maltratado. Sólo después del allanamiento se dio cuenta que era verdad.

Sin escape

Una calle lastrada llega hasta el portón donde se ubica la clínica. A su alrededor hay unas cuantas casas de adobe, algunos terrenos baldíos y construcciones abandonadas. Por la pared posterior, de bloque, las personas se escapaban. Algunos vecinos podían ver cómo salían corriendo y cómo tras ellos iban otros internos y personal de la clínica.

En muchos casos les atrapaban y les encerraban nuevamente. Los castigos eran inhumanos: les encerraban en un ‘hueco’, les hacían pelear entre compañeros, les torturaban con corriente eléctrica o no les daban de comer, según cuenta la tía del joven que escapó. Ella pagaba 120 dólares mensuales para que recibiera el ‘tratamiento’. Él no quiso regresar. Amenazó a su familia con suicidarse si le volvían a internar.

La Policía y la Fiscalía liberaron de esa clínica a 17 personas, que fueron trasladados a diferentes casas de salud. Según sus reportes, había un pozo séptico donde encerraban a las personas, también un camal clandestino donde se les obligaba a trabajar.

Testimonio

María Simbaña vive 11 años en el barrio. Desde que llegó el ‘colombiano’ mantuvo una relación cordial. “Cuando pasaba por aquí saludaba”. Ella nunca vio nada fuera de lo normal, solo el hilo de sangre que descendía por la calle. De lo que sabía, era la sangre de los animales que mataban, pero nunca creyó que los internos sufrían por maltrato.

Dice que no puede mentir, que no puede contar algo que no ha visto. En Tiwintza, en las noches, la oscuridad es profunda. Simbaña, después de haber visto el allanamiento, se aventura a decir que podía ser el momento en que se dieron los abusos, aunque no da nada por cierto.

La señora de la tienda también tiene el mejor concepto del dueño de la clínica. Los internos que se acercaban a comprar, después de los tres meses que tenían que estar encerrados, dice que no tenían ninguna señal de tortura.

La verdad estaba oculta entre las paredes de bloque, en el edificio a medio construir, en el interior de los ventanales, que lo único que reflejaban era el azul del cielo. (AGO)

El Dato

El Ministerio de Salud ha clausurado este año 24 clínicas clandestinas.

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