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¡LA JUSTICIA TARDA, PERO LLEGA!

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Patricio Valdivieso Espinosa
pavevaldivieso@hotmail.com

Siempre hemos sostenido que la libertad es el derecho más importante del Ser Humano, por supuesto después del derecho a la vida; de ahí que, perderlo o verlo conculcado, siempre resultará un sacrificio sin precedentes. En base a esta trascendencia, cómo sanción a la violación de las normas, las penas corporales determinan la privación de la libertad; y, la única forma de evitarlo, es haciendo las cosas correctamente, con responsabilidad, respeto y honestidad. Infringir el ordenamiento jurídico del Estado, sólo nos lleva a poner en riesgo nuestra preciada libertad, porque aun pasándonos de astutos y huyendo de la justicia, terminamos sacrificando los alcances y privilegios que nos permite disfrutar el derecho de libertad.

Más allá de que la libertad es inherente a la persona como tal, los efectos colaterales al perderla, son de alcance expansivo, porque afectan a los hijos, padres, hermanos, y el golpe en ciertos casos, incluso es letal, o por lo menos devastador en lo moral; esto se ahonda y sólo es valorado realmente, cuando por huir no pueden estar presentes para compartir momentos únicos y especiales en familia, penas y alegrías que jamás se repiten, como el fallecimiento de una madre o un padre, la graduación de un hijo, entre otros momentos insuperables. Porque no hay nada más hermoso, digno y gratificante, en la pobreza o en la riqueza, que disfrutar de los tuyos y con los tuyos en completa libertad.

Por estas simples razones, porque la justicia tarda pero llega cuando cometemos errores, y termina arrebatándonos lo más preciado: la libertad, es que debemos hacer conciencia cuando nos encargan el manejo de lo público, de no abusar, no manipular ni malversar los recursos. Ya se demostró que a la banda del socialismo del siglo xxi, de nada les sirvió creerse invulnerables, amalgamar riquezas mal habidas, ni sentirse omnipotentes; porque al final, por el daño que causaron, aunque no sea todavía proporcional la pena impuesta, terminaron cayendo, huyendo, escondiéndose por los tejados. O, como en otro de los casos por demás grotescos, debe remorderle a Bucaram la conciencia, cuando ve a su hijo tras las rejas, por no haberle enseñado a ser honesto.

Estos casos, que terminan siendo ejemplarmente dolorosos, abrigan la esperanza de recuperar la justicia en un país donde se ha perdido todo; sientan las bases para creer que el Ecuador aún puede reinventarse como

Estado; nos hace pensar, que la gente buena, honesta y capaz todavía existe, que hay que recuperarla, juntarla y exhortarle que luche por rescatar la decencia, la honestidad y los valores. ¿Cuál es la clave? Tal vez la encontremos: si empezamos por nosotros mismos, haciendo bien las cosas, en el lugar que nos desenvolvemos; si logramos ser ejemplo vivo en nuestros hogares, mejorando nuestra familia; si nos proponemos reconstruir una sociedad caotizada por el hampa política, desgastada por el quemeimportismo ciudadano y maltrecha por la complicidad silenciosa. Aún estamos a tiempo de enrumbar a nuestra sociedad.

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