Notas Curiosas

Imaginación para luchar contra la invasión de plásticos

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(Isabel Ferrer.- EL PAÍS).- El plástico forma parte de nuestras vidas y nadie escapa a las basuras que genera. Holanda tiene fama de llevar la delantera en el manejo sostenible de residuos, pero lo cierto es que contamina como los demás países. Su fuerte es la innovación y elaboración de proyectos originales, capaces de concienciar e involucrar a la sociedad en el aprovechamiento de los desechos. Se trata de iniciativas como la de EkoPlaza, un supermercado local de productos orgánicos que incluye el primer pasillo libre de envoltorios plásticos del mundo; la pesca de estas basuras en los canales de Ámsterdam, patrocinada por Plastic Whale, que opera también en las aguas internas del puerto de Róterdam, o la impresión en 3D de muebles a base de plástico reciclado de vanPlestik. Todos muestran no solo el lado cívico, y rentable, del control de estos desechos, sino que han conseguido que sean vistos como una materia prima valiosa con la que se puede crear.

Pero antes, unas cifras. Los holandeses tiran al año un promedio de 900 millones de botellas de plástico de menos de un litro, según CE Delft, una consultora especializada en temas medioambientales. Se trata en su mayoría de envases de agua y bebidas refrescantes fabricados con PET, un poliéster aromático (polietilen tereftalato) reciclable.

Los precedentes en este país son que, hacia el año 2004, el Gobierno autorizó a sus fabricantes un cambio que tendría enormes consecuencias: podían sustituir las botellas de litro, que se devuelven en el supermercado a cambio de 25 céntimos de euro cada una, por otras de medio litro —o menos— exentas de dicha retribución. Ello contribuyó a que aumentara su presencia en los vertederos. En 2014, llegaron a sumar 1.500 millones de unidades, de las cuales un 60% contenían refrescos, un 25% agua y un 10% zumos. Y solo se recicla una de cada cuatro, según cálculos de Recycling Netwerk, una organización ecologista independiente. Viendo que la montaña de basura se disparaba, el Gobierno cambió de opinión. A partir de 2021, también se podrán reclamar entre 10 y 15 céntimos por las botellas pequeñas al retornarlas. En cuanto a las bolsas gratuitas de plástico de las tiendas, otra gran amenaza para el entorno, hasta 2016, cada holandés tiraba al año unas 170. Desde entonces, cuestan casi 50 céntimos.

Un vistazo a los estantes de cualquier supermercado devuelve un destello de llamativos colores plastificados. EkoPlaza, una cadena holandesa con 70 establecimientos especializada en alimentos orgánicos y de comercio justo, ha optado por matizar las luces y su empaquetado roza lo neutro. Ha sido también la primera del mundo en dedicar un pasillo a presentar 650 de sus productos en envases alternativos, desde arroz a salchichas, y de cereales a fruta. La idea era sencilla: si el centro vende género cultivado y preparado con esmero, no era lógico envolverlo en puro plástico. El material elegido está hecho a base de “biomateriales que sirven para el compostaje”. El estreno fue en abril, en Ámsterdam, y en el suelo del pasillo en cuestión podía leerse lo siguiente: “Acceda a un mundo libre de plástico”. El resto de sus tiendas tienen ahora ese mismo mensaje impreso. Erik Does, director ejecutivo de EkoPlaza, sostiene que el propio consumidor prefiere evitar los plásticos. “Es una buena forma de cambiar”, dice.

El sentido común asociado a esta idea se repite en Plastic Whale, una compañía abierta hace siete años en la capital holandesa y dedicada a pescar las basuras plásticas de los canales de la ciudad. Marius Smit, su fundador, pidió ayuda a través de las redes sociales para construir un barco con basura de plástico. Experto en administración y gestión de empresas, “quería reunir a ciudadanos, compañías e instituciones gubernamentales en la lucha contra la sopa de plástico”, asegura. “Tras anunciar mi reto, recorrí Holanda en busca de todo tipo de gente dispuesta a ayudarme”. Luego se le ocurrió lo de salir a pescar con red, y convocó a la gente de nuevo a través de Internet. “Pensé que vendrían 40 o 50, y contestaron 450. En 2012 ya fueron 1.200, y todos ansiosos por ser útiles. La iniciativa se convirtió en un movimiento y pensé que alguna empresa podría estar interesada en ­reunir a su personal para algo así. Me llamó Starbucks y vinieron 90 personas: subieron a 16 barcos, y dos horas después los habían llenado de basuras. Desde entonces se han apuntado a la pesca más de 300 firmas”. Con las botellas recogidas se fabrican los barcos, de los que ya tiene nueve propios.

Smit dice que arrancó sin un plan preconcebido, y no se anda con rodeos. “No tenemos pretensiones sino ambiciones. El problema del plástico es complejo y ofrecemos otra perspectiva; la basura tiene también valor. Se pueden hacer otras cosas con ella”. Muebles, por ejemplo. Junto con Vepa, una firma que trabaja de forma sostenible, ha presentado una gama de “mobiliario circular”. Fabricado asimismo con botellas PET de los canales, consiste en una mesa de reuniones, una silla, una lámpara y un panel acústico. ¿Qué hacer con el resto de la pesca plástica recogida? “Se la damos al basurero, pero Urban Mining Corporation, un nuevo socio experto en economía circular, busca ya otros usos”, indica.

Los muebles de plástico reciclado pueden producirse también con impresoras 3D, y a eso se dedican Nout Kooij, ingeniero mecánico y diseñador industrial, y Sam van Til, arquitecto y diseñador. Fundadores de vanPlestik compran el plástico al reciclador “con poca contaminación adicional, como restos de comida o grasas, que luego se prensa y calienta hasta convertirlo en una masa aceptable para que la impresora haga su trabajo capa a capa”, apunta Nout. El producto final no muestra los diferentes tipos de plástico empleado y ambos están empeñados en fabricar piezas útiles. De momento, ofrecen sillas azules, mesas blancas y azules y maceteros. Los precios oscilan entre los 310 y los 20 euros, y entre sus clientes figura la cervecera De Prael. Para el artista Peter Smith, que prepara una obra para National Geographic, están imprimiendo una escultura de gran tamaño. Y con Ikea, el gigante escandinavo, exploran aplicar la impresión en 3D a la basura restante de la compra. “Construí por mi cuenta la impresora porque quería saber cómo funcionaba, pero siempre con la idea de hacer cosas útiles. Hay demasiado plástico, así que era fácil elegir el campo de operaciones. Ahora preparo una segunda máquina para atender a la demanda”, admite. Como Plastic ­Whale, su actividad tiene una vertiente educativa en las escuelas. Porque el no a tanto plástico debe empezar muy pronto.

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