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Patricio Valdivieso Espinosa
pavevaldivieso@hotmail.com

Mientras sigamos permitiendo que el juego sucio en la política, haga de las suyas, sin detectar a los verdaderos psicópatas politiqueros, nuestro sistema seguirá siendo endeble, tortuoso e irresponsable; y, con consentimiento o no, si no reaccionamos, seguiremos haciéndonos de la vista gorda, para que los gánster de la politiquería hagan lo que les viene en gana, ejecutando los planes malévolos que proyectan y los aplican a su antojo. La pregunta es clara: ¿Hasta cuándo nos damos cuenta que no debemos dejarnos utilizar de los gánster de la política? Por salud mental, emocional y familiar, de ninguna manera, ni directa ni indirecta, podemos apoyar a estos maniáticos de la política, porque más temprano que tarde, lanzarán un nuevo zarpazo, como ya lo hicieron con otros ingenuos, para limpiarse el camino.

El perfil de un psicópata político casi siempre se esconde en apariencias: suele ser amigable mientras no eres un obstáculo; se muestra equilibrado, pero realmente es gacho y mojigato, porque si te ve como rival, no le haces caso o te sales de su formato y le estorbas, te desecha, te hace estigmatizar, se desencaja y desequilibra emocionalmente hasta destruirte, pero hábilmente nunca asoma, porque es un gran articulador silencioso del chantaje. Cuando llegan al poder de manera suspicaz se blindan de la justicia, los juicios en su contra no caminan como por arte de magia monetaria; engañan a los órganos de control a cambio de cargos, incluso compran el silencio de supuestos contrarios contumaces, que cuando más deben desenmascararlos y hablar, transan: escondiéndose, huyendo o bajando misteriosamente de tono.

No se trata de un invento, menos de historias lejanas; los tenemos cerca, o si no veamos a aquellos que contratan carreteras de papel y nadie los cuestiona, a pesar de haber maña inocultable; o, aquellos que en campaña pagan insultadores con factura, inundan la provincia con pancartas, costean encuestas permanentes con plata pública simulando obtener datos técnicos para la institución, y nadie dice nada. Tienen magia, porque llegan a los medios con formato propio, y si no les aseguran que respetarán las preguntas sumisas prefabricadas, no van, no asisten; tienen pavor a ser cuestionados, porque están acostumbrados a mentir como si fueran espacios políticos contratados, convirtiendo a ciertos programas en simples relacionadores públicos.

No caigamos en sus trampas, son bien conocidas: descartan rivales creándoles conflictos y logrando que se peleen entre ellos, pero haciendo que otros los denuncien, y al final los embarra a todos. No le hagamos el juego, no se dejen enredar en sus fechorías; son manipuladores por excelencia, manejan el testaferrismo de manera descarada, desarticulando la razón al ocultar los bienes en manos de sus familiares y súbditos cercanos; sin ningún decoro, con total dispendio moral, se vuelven peligrosos cuando ven amenazados sus dominios mafiosos. Investiguemos de qué político, autoridad o delincuente se trata, y sin caer en su juego, salvemos a Loja de las garras de un psicópata maquiavélico que vive de la política.