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Por María José Larrea

CUENCA.- En ocasiones los mercados tienen el nombre de la misma urbe, parroquias o barrios donde se asientan; en otras, también el de la gente que hizo algo por la ciudad; además, el de las fechas cívicas de fundaciones, conquistas, independencias y luchas.

Partiendo de Los tres puentes, sobre el río Yanuncay, 700 metros al norte, avanzando por la Av. Fray Vicente Solano y girando por la calle Belisario Andrade, se llega al mercado 27 de febrero. Es pequeño, escondido, a una altura más baja del de las calles principales; desde las avenidas no se lo ve. El mercado abre sus puertas a las 6:30, tiene varias entradas y salidas; por el momento, mientras dura la pandemia, solo sirve de ingreso el acceso de la Adolfo Torres, donde se ha colocado un túnel de desinfección con un guardia que toma la temperatura y reparte alcohol; las demás, sirven de salida.

A partir de ahí, mirando hacia el frente, hay un amplio corredor que divide a este canchón en cinco secciones. Hacia la izquierda están los comedores en los que se pueden encontrar distintos tipos de comida para servirse durante todo el día. Hacia la derecha están los cubículos de ropa, de calzado, bazares donde se hallan desde instrumentos musicales hasta canastas, ollas de barro, papelería; entre otros. Las costureras bordan las polleras o arreglan cualquier tipo de prenda, hay gabinetes de belleza y cabinas de internet. Avanzando por el mismo corredor, hacia ambos lados están los puestos de frutas y hortalizas. Antes de decidir qué lado tomar, uno se encuentra con la urna de la Virgen del Cisne -advocación a la que el mercado la festeja cada septiembre con mariachis y bandas de pueblo.

El callejón desciende en tres peldaños hacia los puestos de granos cocidos. En unas “tazas”, cestas cuadradas, se vende el mote con cáscara o pelado, el quesillo y las tortillas de maíz y de choclo; más allá, todos los productos cárnicos y el espacio donde se realizan las limpias los días martes y viernes. El mercado por dentro y por fuera está rodeado de abacerías. En la planicie exterior se realizan las ferias libres los días jueves; hasta ella, llegan las vendedoras de otras localidades del Azuay o las proveedoras que rotan por los otros mercados según el calendario de ferias; sin embargo, desde el coronavirus están suspendidas.

A las 6:30, en la esquina de la Francisco Carrasco y la Adolfo Torres, un pequeño carro ambulante se estaciona, viene empujado por Azucena Narváez desde Los tres puentes. La superficie del carrito está dividida en compartimentos en los que ordena diversos frascos etiquetados con síntomas y enfermedades. Cubre su mercancía con un parasol descolorido que lo usa tanto cuando hace sol, como cuando llueve; bajo la sombra vende extractos de hierbas y de cortezas de árboles. Los buses de la cooperativa 26 de Julio, que parten del mercado hasta llegar a Paluncay, parroquia Checa, y regresan a él, giran por esa misma esquina dando la impresión de arrasar con sombrillas, vendedores y gente que se ubica en ese vértice sobre el asfalto. Parecería que toman viada hasta lograr estacionarlos al frente, junto a otras tiendas, en el borde amplio donde se ha improvisado una terminal.

Sobrecogida, observo las maniobras de los choferes para curvar justo donde Azucena prepara las aguas. Le pregunto si no le da miedo, si no sería mejor alejarse de la esquina. Ella levanta su rostro, esboza una sonrisa y con un “venga, mi vecinita hermosa, ¿en qué la puedo ayudar?”. Ya no interesa la respuesta.

Desde que comenzó la pandemia asombra encontrarse con la gente de siempre.

─ ¡A los años que viene!

Le cuento que no he estado aquí, que viajé a Quito y permanecí ahí por meses; que dejé de preparar los almuerzos y ya no había razón para venir al mercado diariamente. Me senté en un taburete de plástico. Observé que ahora desinfecta el limón con alcohol y lo seca con una servilleta de papel y me quedo pensando si ese nuevo hábito no perjudicará a la salud.

─ ¡Verdad, ha sido muy dura esta época para todo el mundo!

─ Pero dígame, usted, ¿cómo sigue?, ¿qué ha sido de su vida?

─Sabe que todos mis ahorritos se fueron con el encierro. Quería comprarme un carrito para hacer las entregas a domicilio, y ahora estoy comenzando de cero. Gracias a Dios, la señora que me alquila la casa no me cobró dos meses y continúa cobrándome por partes. ¡Comenzando de cero! Antes de la pandemia estaba decaída. ¡Tuve tanto miedo! ¡Pasé meses con miedo! Yo tengo cáncer al estómago. La doctora me dijo que no fuera a Solca en este tiempo porque me puedo contagiar. Me falta la última quimioterapia y esos remedios son carísimos. Pero me he sentido bien. Mejor. Dígame, ¿qué le sirvo?

─Lo de siempre.

Toma un vaso y vierte hasta la mitad un líquido verde similar a la Inka-cola, extremadamente amargo. Después de bebérmelo todo, rellena mi vaso con la infusión caliente de hierbas, sábila, especias, panela y limón, preparada en la jarra plástica de tres litros. La rapidez o lentitud en beberme la pócima de $0.50 en vaso desechable depende de la tolerancia al amargor, a la temperatura, al gusto, a la textura de molusco de la sábila y a la conversación con Azucena. Las abejas revolotean muy cerca del borde de la jarra, llegan y regresan a su casa a mediodía con ella.

Entre levantarse, seleccionar las hierbas, hacer las reducciones, llevarlas al mercado y venderlas, mantiene una jornada laboral de ocho a diez horas sin contar con las compras diarias de los productos. Su permanencia en la esquina no solo depende del horario impuesto por ella misma, sino del letargo y del cansancio que le provocan las quimioterapias y de la habilidad con que esconde su carricoche de las redadas de la Policía a la que ella vigila mientras atiende a la gente. Me he terminado el brebaje, le entrego el vaso que los reúne en el reciclaje; le pago los centavos. Antes de despedirme, le pregunto si puedo hacerle una entrevista. Y quedamos para el próximo viernes a las 11:00.

Ya es viernes y hace frío. Me pongo el abrigo, no conviene resfriarse en época de pandemia. Salgo. Camino unos pasos por la avenida Solano hasta tomar la callecita peatonal junto al terreno adyacente de mi casa en donde colocarán en la madrugada las carpas amarillas con los mesones y sobre ellos la ropa usada que venderán durante el fin de semana; instalarán los parlantes inmensos de donde saldrá, si tengo suerte, la canción de La Zenaida y la basura comenzará a acumularse sin que nadie la recoja.

La pared gris de la Francisco Carrasco, como se llama la callecita peatonal, intenta llenarse de grafitis, desemboca en una franja larga de césped que sirve de urinario de hombres y cholas cuencanas que hacen el simulacro de sentarse; hacia el costado, detrás del terreno, que por lo pronto está vacío, las copas de los cepillos, las acacias, el guabisay y el jacarandá, por encima de la muralla que hace de lindero, dan el verdor y la frescura en contraste con el panorama de los toldos, las montañas de ropa, el piso irregular y la basura. Unos pasos más y el paisaje termina en un edificio de apartamentos de ladrillo visto y piso de baldosas. Cada fin de semana, la Guardia Ciudadana retira de las orillas a vendedores informales. Les obligan a guardar en costales todo lo exhibido, la misma mercancía que se venderá mañana en el terreno sin construir por el que acabo de pasar.

Diagonal a esta peatonal, como todos los días, se encuentra el carro ambulante de Azucena. Tanto ella como yo nos acercamos hacia él, lleva sus botas hasta las rodillas, una blusa escotada, la gorra que sostiene su moño, la mascarilla que cubre su boca y nariz, un atuendo negro que combina con sus pantalones de un rojo escarlata.

─ ¡Buenos días, vecinita! Me fui a comprar algunas cosas para la casa, me dice.

─Buenos días, Azucena. ¿Recordó que hoy tenemos una cita?

─Sí. Voy a encargar mi negocio.

Le acompaño a dejar el carrito en una frutería frente al mercado. Saca un monedero y regresamos a él. Entramos al comedor y nos sentamos en el puesto de La Zarumeña. Pedimos un jugo, ella de mora y yo de zanahoria con naranja. Son las 11:00, todavía hay poca gente en el comedor. Todo está muy limpio, cómodo y acogedor. Nos atienden con amabilidad. Mientras nos sirven el jugo ella se limpia el sudor, se acomoda y empieza a contarme su historia.

Me llamo Azucena Narváez. Soy de la provincia del Chimborazo, de Riobamba. Mi madre es de Biblián y mi padre, del Tambo. ¡Mi niñez fue muy, muy triste! Mi mamá nunca fue cariñosa, siempre nos enseñaba a puro palazos. Crecía y me daba cuenta del maltrato. Mi tía, hermana de mi mami que vive en los Estados Unidos, se había enterado por medio de mi abuelita que mi mami me maltrataba mucho.

Vivíamos en el campo, en una montañita, en el cerro donde había pocas casas. El lugar se llama Río de Angas. Prácticamente solos, mis ocho hermanos, mis papás y yo vivíamos en esa montaña, no había nada, no había más que la luz de los candeleros, se prendían y se hacían una llama, con eso nos alumbrábamos; no había luz.

Mi mamá era negociante de papas, las traía a Cuenca; era campesina. Yo le decía: por qué me maltrata tanto. Ella me respondía que los padres de ella le enseñaron a puro palo. Pero, la verdad, no estoy de acuerdo con eso, porque si mi madre me dio una vida así, yo no puedo dársela esa misma vida a mi hija; o sea, ella se basada en la costumbre de mis abuelos que no le enseñaban con amor o con cariño, sino simplemente, a palazos.

La reacción de ella aumentaba si yo cometía una falta. En esa época, con mis ocho años, muy niña, como soy la primera hija, tenía obligaciones de casa, cocinar, lavar, servir y ver a mis hermanos pequeños. Yo no creo que ese fuera mi deber.

Mi papá nos defendía y le decía que por qué me pegaba. Ella comenzó a agredirme más por faltas pequeñas, si no lavaba bien la ropa y dejaba manchas me partía el lomo. Tengo unas cuántas fracturas en la cabeza. Me castigaba con unas varas pequeñitas de los montes que había ahí; tengo lacras, tengo recuerdos, tengo marcas de mi madre. Pienso que ella era enferma.

Yo crecía y cada vez aumentaba su violencia. Cuando tuve uso de razón y tuve mis hijos, le cogí un odio terrible. ¡Dios mío! Recuerdo que me ahogaba en los riachuelos en donde lavaba la ropa; me quería matar. Cuando estaba por morirme, me sacaba. Un par de veces me salvaron mi abuela y mis tíos. Con mis hermanos también lo era, pero conmigo fue más fuerte. Una hermana mía vive con ella. Ha parado el maltrato, pero le hizo mucho daño. Con los nietos es diferente, súper cariñosa.

Mi abuelita tenía miedo de que me fuera a matar. Acudió a mi tía, a la que vive en los Estados Unidos.

Yo me voy a los Estados Unidos muy joven, a los catorce años

Hice los papeles con mi abuela. Mi mamá me pegaba porque llegaba tarde, decía que yo andaba puteando, que era la puta del mundo; que ando con alguien. Le decía a mi papi: ahí está, esta perra va a salir preñada. Yo no le quería avisar que estaba haciendo los papeles por el mismo hecho de que no me iba a dejar salir del país. Era una niña de tercer año. No era nada de lo que me decía, simplemente, no le quería avisar.

Terminé la escuela, pero no como debía. Ni sé cómo aprendí a leer y a sumar, que es lo único que sé, pero me encantaba estudiar. Mis planes eran como los que tenían mis hermanas, ellas se prepararon. Una hermana es licenciada del IEES, otra es profesora y otra también es profesora de inglés en Estados Unidos; allá se prepararon todas. Los únicos que no lo hicimos fuimos los cuatro hermanos mayores.

Cuando mi mamá se enteró de que me estaba yendo me despidió con una paliza de esas buenas. Me fui con el cuerpo morado. Saqué una visa hasta México y llegué a Estados Unidos a los dos días. Era muy fácil, yo me fui en el 92. No sé cómo hizo todos los trámites mi tía con este pasador. Yo cogí un avión de Quito a México directamente. Me fui en una camioneta por un trayecto tranquilo, muy relajado.

En el cruce a los Estados Unidos me hicieron vestir como una persona mayor, había estudiado algunas posibles preguntas, me las hicieron fáciles y dije que era mexicana. Gracias a Dios, pasé la prueba de inmigración. El pasador tenía unos buenos contactos. Pasé sola. No hubo ningún problema. Me dejaron en la casa de mi tía en New Jersey. El trayecto creo que duró dos o tres días. Me fui con miedo, porque la verdad es que era una muchacha que salía del campo, era una campesina que no sabía nada, muy ingenua, muy tímida, con miedo, con terror; lloraba. No era de esas personas desenvueltas que podía defenderme, como debió haber sido.

Cuando llegué a los Estados Unidos sufrí mucho durante el primer año; a pesar de todo lo que pasé y viví en el Ecuador, extrañaba a mis padres.

Allá era una vida muy diferente. Me acuerdo que no podía caminar con tacos; mi tía me enseñó muchas cosas. Ella cosía ropa, era una profesional y le pagaban muy bien. Pero yo no me enseñaba. Yo sé que no viví una vida buena con mi madre, pero la soñaba un montón. Me puse a trabajar para pagar mi deuda de $3000. A los ocho meses la pagué. En ese tiempo la deuda era en sucres, antes de la dolarización. En dólares era poquito, en sucres era plata.

En ese país, si usted no tiene una profesión, si usted no sabe hacer perfecto el trabajo, lo botan. ¡Ay, no! Yo me acuerdo que mi tía me dijo: “Anda a ver en esas factorías, están cogiendo gente para coser ropa”, pero yo no sabía coser. Me arriesgué. Me pusieron a prueba y me fui llevando la media manga; ese rato afuera. Yo salía llorando. No tenía por qué saber. De ahí conocí otra fábrica de poner botones en los pops, en los jackets; la aguja me atravesó y me cosí el botón al dedo; y me botaron. Después, me fui a una factoría de cuellos; unas máquinas hacían cuellos para las chompas. Ahí empecé a durar, ese fue mi primer empleo. Yo pasé por mil trabajos, limpiando baños, casas. Después fui mesera, ese trabajo me gustó, fue el más lindo que tuve, pero tenía un problema, empecé a engordar y me botaron. Entonces, uno sufría por todo, no era la vida tan hermosa que dicen.

Conocí a un hombre que cambió mi vida. Era mayor a mí, yo era muchachita. Tenía 16 años. Él me trató de lo mejor, me hizo conocer lo mejor de la existencia. Él es de Biblián. Con ese señor tengo mis tres hijos. Yo llevé a un hermano y a una hermana a los Estados Unidos y ella se metió con este señor. Fue una traición, fue un dolor tan horrible. Yo lo descubro cuando ella estaba embarazada. Nos separamos. No fue el sufrimiento causado por él, el que me dolió, sino el de mi hermana, hasta ahora me duele. Cuando la veo, todavía me duele, ya son 18 años.

Recuerdo que me di al alcohol. Encontré otro trabajo de mesera. Sin embargo, el padre de mis hijos era responsable; cumplió como padre, quizá la mala madre fui yo, cuando fue pasando el tiempo. Mis hijos se quedaron conmigo, él me daba para la semana, me decía: mira te voy a ayudar. No tengo resentimiento con él.

Pasó el tiempo y conocí a mi segundo compromiso. Yo no quería estar con este señor por la decepción horrible que tuve antes. Pero era tan insistente, no me dejaba en paz, ocho meses duró en conquistarme. En un trayecto de esos en los que me sentía tan mal, me invitó a una comida y yo acepté.

Empecé una relación con él. En ese tiempo se veía buena persona. Yo creo que necesitaba tanto cariño y lo confundí con el amor. La soledad. Las cosas que me estaban pasando. Gracias a Dios, mi papi vivía conmigo, mis hijos y mis hermanas. Yo veía que algo estaba mal. Que mi pareja no estaba conforme conmigo. Él me dijo que solo se había fijado en mí por mi bonito cuerpo. No les quería aceptar a mis hijos. Cuando comenzamos a vivir juntos, porque me quedé embarazada, él no quería tener a la bebé, quería que abortara. Yo ví que las cosas estaban mal desde un principio. Él no me quería lo suficiente. No sé por qué insistió tanto.

En ese tiempo yo trabajaba en una cadena de frutas, se llamaba Siebras. Era de portugueses. La dueña me quería ayudar con papeles, porque yo era una excelente trabajadora, a pesar de que no tenía estudios, ella me quiso dar una oportunidad, me dijo: sabes qué, yo te voy a dar una oportunidad de trabajo para que tú aprendas todo. En mi vida había cogido una computadora o una calculadora o tanta vaina que había ahí. Yo no sabía. Me dieron unos folletos con unos códigos que tenía que grabármelos para meterlos en la computadora. Me decía a mí misma: esa vaina, yo no voy a aprender, no voy a poder. Mi jefa me decía: yo sé que puedes, vas a llegar muy alto, muy lejos. Entonces lo intenté. Me dieron una semana. ¡Dios mío!, me enfoqué.

Trabajaba para aprenderme todos los códigos y saber cómo tenía que ingresarlos. Ya me he olvidado, porque tenía que usar la calculadora, y marcarle el cero, y cómo van los 25 centavos y el resto de dinero. No se ponen los 25 centavos, sino el equivalente en puntos, y si una se equivoca sale todo mal.

No dormía y me aprendí los códigos en dos días; me dieron el trabajo. Me acuerdo que el primer día me equivoqué con un cheque. Yo temblaba, porque creí que me iban a descontar de mi sueldo, porque allá es así: falta algo en la caja, cuando se cierra, o se equivocó en las cuentas; le descuentan. Tenía muchas fallas. ¡Dios mío!, no podía cuadrar las cajas bien, a veces, me faltaba dinero o había dinero de sobra; tenía que estar perfecto. Me dieron una oportunidad.

Trabajaba con el nombre de Gabriela Pacheco, porque comencé de menor de edad y mi credencial tenía ese nombre. Me decían: Gabriela, mira, estás perdiendo mucho en eso; hablé con la jefa y te vamos a dar una oportunidad más. Yo les pedí que por favor me enseñaran para enfocarme. Me enseñaron y aprendí. Tenían calidad humana. Avancé mucho, le caí bien a la jefa, ella sabía todo el rollo que me pasó con mi primer compromiso. Me echó una mano. No le gustó mi segundo compromiso. Me dijo: mira, ese hombre te va a hacer mucho daño, Gabriela, sepárate, no te conviene; no me cae bien, tiene algo turbio, no me gusta. Pero yo estaba embarazada de la otra bebé. Tuve dos bebés con él. En total tengo cuatro hijos vivos, porque mi primer hijo se murió, le dio un paro respiratorio a los 17 años, creo que me extrañaba mucho.

Mi pareja se quedó sin trabajo un año y ocho meses y yo trabajaba, pagaba todos los gastos del departamento. Supuestamente, él salía y no encontraba trabajo. Un día mi jefa me mandó a hacer algo. Pasé por mi casa porque él cuidaba a la bebé recién nacida y a mis hijos de mi primer compromiso. Mi hija de cinco añitos, me dijo: Mami, el Edison le pegó al Alex. Por qué, le pregunté, él no tiene derecho de hacer eso. Ella me contestó: Porque regó una leche. Él abrió la nevera y se le cayó una poma de leche. Mi hijo nunca me avisó. Nunca me avisaron, porque ese señor, aparte de eso, les amenazaba. Yo le encontré detrás de la nevera asustado. ¿Qué te pasa? Y él no me dijo nada. Tuve mucho coraje. Fui donde este hombre y le dije que con qué derecho le hacía eso, porque el papá era muy responsable; ponía el dinero para mis hijos, y esa leche que Alex regó, era pagada por su padre.

Mis guaguas estaban en la escuelita. Ellos estaban pequeñitos, la una estaba en el prekínder.

Otro día me dio rabia, porque le había pateado a mi hijo en la rodilla, le había apagado la televisión; les hacía mil diabluras, pasábamos mal, con el que más problemas tenía era con mi hijo barón. Un día yo no aguanté. Empezó a alzarme la mano, a asfixiarme con la almohada. Allá en los Estados Unidos le pude hundir. Y le mandé del departamento que yo pagaba.

De las iras se vino al Ecuador. Nosotros teníamos cosas hechas en el país. Teníamos la casa, los buses, terrenos. Todo estaba a nombre de sus hermanas, del hermano, del papá. Él viene de Estados Unidos y se daña totalmente. Se enamoró de una prima. Mi peor error fue venir al Ecuador. Según yo, mi vida estaba hecha; según yo, tenía cosas; según yo, tenía demasiado para vivir, tenía un hombre que me amaba. No saqué papeles allá. La jefa portuguesa me dijo, Gabriela, yo te doy los papeles. Quédate, no te vayas. Mira, las cosas están puestas a nombre de otras personas.

Mi padre me adelantó. Y lo que más me duele es que ahora está muerto. Las palabras que me dijo un día llorando, me duelen hasta ahora, no le puedo pedir perdón porque está muerto. Mi papá me lloró, me dijo: hija, no te vayas, este hombre te va a hacer algo, tengo un presentimiento; no te vayas. Tú estás joven, regala todas esas cosas, él te va a botar, para él es fácil decir que tú no has puesto nada, se quedará con todo y te dará una patada. No te vayas. Yo no quiero verte sufrir. Aquí, en los Estados Unidos puedes levantarte de nuevo, pero allá, cómo, hija; no te vayas.

¡Cómo lloraban mi papá y mi hijo! Yo les rechacé la mano, arrodillados en el aeropuerto: ¡Madre, no te vayas! Pagué las lágrimas de ellos porque sufrieron mucho. Tenían seis y cinco años. Se quedaron con el papá y mi hermana. Me reclamaron. Ahora son jóvenes: ¿Por qué mami me dejaste en esa situación? No entendían, eran niños. Mi tía y mi papi sufrieron mucho. A mi hija la violaron. Mi papi se murió aquí. No sé qué pasó con mi mamá. Él se suicidó a los tres meses de venir de los Estados Unidos. Fue la peor decisión de mi vida.

Este hombre me traicionó, lo descubrí. Yo quería morirme. Yo decía: otra vez no. Mi hija, Daniela, es americana; la otra es de aquí, porque vine embarazada de allá. Se cumplieron todas las palabras de mi padre. Uno paga factura por los errores, por las equivocaciones. Este tipo no me dejaba hablar con mis hijos a Estados Unidos. Ellos lloraban extrañándome. Esa fue mi lección. Él me dejó en la calle, en el fango. Yo no tenía qué comer. Nadie me dio la mano, porque me advirtieron y no escuché. Mi madre tenía un poco de pena, porque me fui a vivir en un lugar horrible.

Este hombre me acusó de robo por coger mi carro. Me fui a la Fiscalía. Me sacaron como a un perro de mi casa. Trajo a la Policía y me quitó las llaves. El amor de mi vida, el hombre de mi vida, el padre de mis hijas. Les dijo que me estaba robando la casa. No tenía cómo demostrarles que no era así.

Quería morirme. Intenté suicidarme. Yo vine dejando todo por esto para quedarme en la calle. Dejó una huella. Estaba muerta en vida.

Como consecuencia de esta situación me dio una parálisis facial y me quitaron a mis hijas. Cuando yo me recupero, al año y medio, voy a ver qué había pasado con esos juicios. Estaba en la calle, me impusieron una pensión alimenticia, que hasta ahora tengo que pagar. Había días que no tenía ni para comer. Todo el mundo me dio la espalda porque les dejé a mis otros hijos allá. Me cogió una depresión. No quería trabajar, no quería nada. Yo me decía: para qué trabajo si no tengo a nadie. Vine de 28 años de los Estados Unidos. Hasta ahora me duelen mis hijas.

Llora desconsolada. Con hipos. Sus ojos se aclaran, su rostro se enrojece. Parece que reviviera con cada palabra su pasado. Yo la miro, la escucho y no intento consolarla. Pero estoy ahí, me duele tanto como a ella. Creo que este monólogo es una oportunidad para desahogarse, vaciarse de lo que tiene adentro.

Doy gracias a Dios por unos ingenieros a las que les puso en mi camino, de alguna u otra manera me echaron una mano. Había días que no comía. Había días que amanecía tejiendo para vender algo para poder comer. Quién me iba a dar un trabajo de la noche a la mañana.

Empezaban los juicios. Él tenía tanto dinero, compró a ese maldito juez. Le odio; me acuerdo de su cara. Yo empiezo a pelear por las visitas de mis hijas. No tenía ni un centavo. Tejía día y noche, no dormía. Hacía docenas de escarpines y me pagaban un dólar. Me dicen en el juzgado que para que pueda verlas pague los dos mil dólares que estaban acumulados de ocho meses, con una pensión de $170, como si yo fuera rica. Como si no hubiera estado enferma.

Cuando se acabaron los juicios. Él se fue a México y mis hijas se quedaron botadas, de lado a lado. Me enteraba que las había dejado donde la vecina, donde la prima. Cuando logré tener contacto con ellas, me rechazaron: No te quiero ver, qué haces tú aquí. Luché un año. Me iba a sus escuelas. Conseguí que vinieran a visitarme. Pero él me sacó una orden de captura.

Llora con hipos. Las lágrimas corren con ganas de salir huyendo, desordenadas, a borbotones, buscando dónde refugiarse.

Me amenazó: si tú quieres ver a mis hijas, paga la cantidad que debes y yo te dejo verlas. Mi hija me dijo llorando: Mami, discúlpame, pero tuve que declarar en tu contra. En este país, la persona inocente sale culpable, y los culpables no son investigados a fondo, ¿por qué? ¿Por qué no investigan de dónde tiene tanto dinero, de dónde tiene los buses? ¿Por qué tienen que coger dinero, taparlo todo con él? Se necesita justicia, las cosas están mal. Este hombre le pagó cinco mil dólares al juez.

Pero gracias a ese ingeniero que hizo los edificios del parque de La Madre, me dio trabajo cuidando la construcción. Era una edificación abierta, hacía frío. Ahí me tenía que pasar arriesgándome a que alguien entrara, no tenía para pagar un arriendo. Me aguantaba el hambre, pero estar alejada de mis hijas era lo peor. Tuve que salir de ahí, porque me encontró e iba a meter a la cárcel.

¡No entiendo por qué quiere tenerlas! Él tuvo relaciones sexuales delante de mis hijas y así le dio el juez la custodia. Yo tengo un audio y no me permitieron utilizarlo como prueba. ¡Dónde estaban mis derechos como madre! Ellos nunca se dieron cuenta de que me dio parálisis facial por su culpa. Nunca me dieron ningún derecho. A mí no me dejaron defenderme. Solo escucharon la versión de él. Arrendé un cuartito que ya se caía, había goteras, mi cama se mojaba toda, no tenía ni un plato para comer, ni una buena cobija, ni una cocina. Ahora estoy mejor. Me cambié a un departamento decente que puedo decir ¡gracias Dios!, porque él no se salió con la suya. Quiero seguir adelante. Quiero demostrarles a mis hijas que yo me quedé así, sin un plato, sin nada. Él me engañaba, él me pegaba, él hacía lo que le daba la gana y él ganó todo, se quedó hasta con ellas.

Me acerqué donde el señor que vendía estas aguas en el Parque de La Madre. Me vio toda llorada, me preguntó: vecina, ¿qué le pasa? Yo le conté que estaba preocupada porque no tenía trabajo, no tenía para comer, a veces tenía y otras veces no. En ese tiempo estaba fresquito todo. Estaba tratando de salir del dolor. Este señor me dijo: Yo tengo un trabajo. Se me hacía raro, me pregunté qué trabajo sería, de pronto me vino a la mente cualquier otra cosa: Si en verdad quiere trabajar, ¿en qué quiere trabajar? Aunque sea limpiando pisos, en lo que sea, con tal de que tenga para comer, no quería para nada más. Para comer durante un mes.

Yo tuve un poder grande, ahora, en el piso, en el fango, lo único que quería era tener para comer. En las noches pensaba en cómo estarían mis hijas, qué sería de ellas, porque este señor no era responsable de ellas. Cuando comenzaron los juicios se hizo el padre perfecto. Antes nunca le importó, hasta odio sentía por ellas.

Regresé a la semana a tomar las agüitas. Me dijo: ya tengo el trabajo. ¿En qué? Haciendo esto. ¿De verdad? Yo me ponía a pensar si saldría, si el vaso costaba solo $0.50. ¿Cómo aprender?, ¿cómo?, si no sé nada, no tengo dinero para ponerme este puesto, si necesito unos 100 o 200 dólares para empezar. Él me dijo: no se preocupe, yo tengo.

Yo siempre con ese miedo porque no me daba confianza, pensaba que se iba a aprovechar de la situación. Mucha gente se quiso aprovechar de mí. Me hicieron propuestas, querían propasarse; yo no quería hacer esas cosas. No me equivoqué. Este señor al principio me enseñaba las aguas, aprendí, me prestó el coche para ir a vender en los juzgados. Me enseñó todas las cosas. Empecé a trabajar. Cuando cumplí los dos meses, vino un día a proponerme: como le veo a usted que está necesitando, yo le puedo echar una mano, yo no quiero que trabaje, yo le voy a mantener, solo quiero que usted me cocine, me lave aquí en la casa, que nos acostemos. ¡Ahí sí me enfadé! Le dije: ¡no! Yo le doy gracias, pero no quiero que se aproveche de la situación. Tome su huevada, váyase a la verga, viejo desgraciado. Salí llorando.

Otra vez me quedé sin trabajo. Pero ya sabía hacerlo. Aprendí lo básico. ¡Qué vergüenza me daba! ¡Dios! Me encuentro con una vecina que estaba estudiando para abogada y me dijo: Azucena, se ve bien (ella sabía todo lo que estaba pasando en mi vida, porque era mi vecina), me alegra mucho que esté levantándose y que esté bien. Yo le comenté: Soledad, siento vergüenza, me encontré con fulana y me ignoró, es solo, usted, la que me dice hola. Me dijo: no les tome en cuenta a esas personas, nosotros sí le apreciamos de corazón.

Yo estaba hecha pedazos. Mucha gente se avergonzaba. Cuando tuve dinero, tenía amigas ingenieras, abogadas y ahora se hacían a un lado y no me reconocían. Ellas llegaban a mi casa cuando hacía cenas familiares. Compartían con nosotros y ahora me daban la espalda, ya no me veían. Ahí me di cuenta de quiénes eran amigas y quiénes no.

Cuando uno tiene poder, de verdad que hay un nivel en la vida, marca la diferencia. A mí me parte el corazón cuando veo a las madres cargando a sus bebés vendiendo las chispiolas. Será porque viví, porque pasé miserias. Yo conocí el poder viviendo y trabajando en Estados Unidos, tuve el poder del dinero. Veo gente en Los tres puentes, por el Vado, vendiendo chispiolas, ¿qué sacan vendiendo?, cargando a sus bebés en brazos. Yo le di cinco dólares, Dios, yo sé que me vas a dar. A veces los borrachitos me vienen a pedir plata, quizás esté haciendo mal, ¿no? Hasta me denunciaron de que yo vendo trago, tres veces me pusieron la denuncia. Un señor me dijo, hay mucha gente que le tiene envidia a usted.

Anduve bastante tiempo sin trabajo. Pero más fuerte, ya no lloraba. Antes lloraba todos los días, me alcoholizaba sola en mi cuarto, me di a la botellita, me amortiguaba ese dolor. No comía, me volví flaca, me envejecí bastante. Tengo 43 años. Las veinticuatro horas pensaba en mis hijas, cómo estarían, porque yo sé qué clase de persona es él. Me acuerdo que mi hija era buena estudiante, sacaba felicitaciones y a él nunca le importó nada.

Por él hice cosas que no quería hacerlas. Yo pasaba tejiendo tapetes. Les gusta bastante a los gringos. Por medio de una amiga, conocí a unos gringos y les vendía. Con mis tejidos me iba a Biblián, vendía en los buses. ¿Por qué recuerdo esas cosas? Pensé que las había olvidado. Ahorita contarlo es diferente, pero ese rato, vivirlo día a día, vivir en esa soledad, en ese cuarto. ¡Ay, no! Pasé por muchas cosas, pero siempre fuerte. Había momentos que ya no podía más. No sé de dónde saqué las fuerzas, yo misma me admiro. Yo le pedía a mi padre que me llevara porque ya no aguantaba más. Nunca me di por vencida.

Me avisaron que estaban vendiendo el puesto donde estoy ahora. Hablé con la muchacha, me dieron la dirección. Me salía en $600. ¡Dios! ¿De dónde saco eso? Mis primos que nunca me habían mandado plata de Estados Unidos, me enviaron $300. Tenía para una parte de mi carro. Le di un adelanto a la chica. Me dejó el resto para dos meses y le pagué antes de tiempo.

En el mercado me hacían la vida imposible. La señora que vende más abajito es amiga de la Guardia Ciudadana, del administrador, me hacían llorar. Llevo aquí tres años. Ahora ya no me molestan, pero luché. No fue nada fácil. No me dejaban vender. Me denunciaban. Hacían que me cambiara de sitio. Pero la gente me defendía: si ella está aquí es porque necesita. Ustedes, ¿por qué no van a molestarles a los ladrones, a la gente que hace daño? Dentro de mí, si supieran que sí necesito. Yo no les contaba, yo me tragaba sola.

Me regresaba tan cansada, no sé si de tanto llorar. Y era una persecución solo a mí. Un día me cansé. Dije que ya no quería seguir vendiendo, pero los mismos clientes me decían: tiene que seguir. Ellos ni siquiera conocían mi pasado. Me ha costado muchas lágrimas, mucho dolor, un vacío inmenso en mi corazón. No sé cómo explicar. Como si mi corazón estuviese roto en mil pedazos. Me iba tan decepcionada. Pero había algo en mi interior que me decía, ¡sal hoy!, ¡sal!, me arriesgaba de nuevo. Me encomendaba a Dios y me iba bastante bien. No quisiera que mi peor enemigo pasara por estas cosas. Yo quería justicia, ir ante el presidente de la República, destaparlo todo. Es una impotencia. Uno no puede decir las cosas como son y cómo sucedieron.

Él se sintió el gran padre, el padre ejemplar. La mala mujer y la mala persona era yo, cuando las cosas son al revés. ¡Tanta injusticia! Eso es lo que me carcomía, decir quién es el culpable, cómo eran las cosas. Cuando empecé a trabajar aquí, empezó a entrarme dinero. Muerta de gusto, pude comprarme mi cama, mi juego de comedor, mi nevera, mi lavadora, me cambié de departamento; era como una meta lograda. Vendía medicina a full. No solo las aguas, la medicina sí me da más. Empecé a vender por el WhatsApp o por el Facebook. Me iba a dejarles en las oficinas. Ahorita ha bajado bastante por la pandemia. Mi historia es esa, sé que me estoy olvidando de muchas cosas más.

De ahí me dio cáncer. Cáncer al estómago. Me operaron. Me sacaron un tumor pequeñito. Tenía dolores. El doctor me dijo que me dio por sufrimiento. Me pongo a pensar si no será el castigo de mis hijos, porque yo preferí a este hombre; les boté a ellos y ahora no les tengo ni a mis hijos de allá, ni a mis hijas de acá. Me dieron quimioterapia.
Abrí una cuenta en Facebook. Mis hijas ya están grandes. Tienen 15 y 14 años. No me queda más que esperar. No sé qué vaya a pasar, si ellas cambiarán de opinión cuando tengan alguna relación o cuando estén grandes y yo pueda tener la oportunidad de que se den cuenta. Ya son dos años que no sé nada de ellas. Él arruinó mi vida.

Sus lágrimas han dejado de salir. El comedor se va llenando. Nos terminamos los jugos y me pide un favor. Amiga, ¿podría escribirles una carta a mis hijas? Le digo que encantada y tomo nota:

Cuenca, 4 de febrero de 2021

Queridas Daniela y Fernanda:

Hoy amanecí con tantos recuerdos que decidí escribirlos para transmitirles el amor que les tengo desde que les tuve en mi vientre y durante los días compartidos que en mí dejaron mucho amor, mucha nostalgia.

Daniela, cuando me quedé embarazada de ti, tuve tanta ilusión; estaba enamorada de tu papá. Fuiste el sueño que cambió todo. Me inspirabas a seguir adelante, a luchar, dar todo de mí. Fue un embarazo duro, sin embargo, en el supermercado en el que trabajaba de cajera me consideraban y me apoyaban cada día. Me llené de ganas del verde en toda forma: tortillas, bolones, empanadas repletas de queso, las iba a comprar en la Ferry Street; también me antojaba de mangos, de piña, de mucho helado con vainilla, demasiada comida chatarra; pienso que por eso eres tan grande. Llegué a pesar 205 libras. Tu papá me hizo el baby shower a escondidas, cuando llegué al lugar, me sentí como una princesa entre globos, comida y gente que bailaba y que me regaló tanta ropa para ti. Entre las que recuerdo están unos vestiditos que hacían juego con unas boinas, un columpio para mecerte y unos zapatitos diminutos. En el momento en que tuve que ir a dar a luz, como eras de 52 cm. y 10 libras, y yo era tan pequeña, así como me ves, tuvieron que adelantarme el parto, me indujeron con una inyección en la columna vertebral que hasta ahora me duele, me cortaron la vagina (esa cirugía pequeña tiene un nombre especial que no recuerdo) y me la cosieron dejándome un nudo que hasta ahora lo tengo; sin embargo, la emoción de tenerte terminaba con cualquier dolor. Pienso que ahora eres alta por todo lo que comí y me antojé en el embarazo.

Lactaste tres meses y tuve que dejarte con una baby setter. Me costaba concentrarme en el trabajo porque no confiaba en los cuidados que esta chica te daba. Tu rostro apareció rubicundo y se fue atenuando hasta llegar a esa piel blanca que hoy tienes, así como tus ojos que al principio eran claros y se transformaron en un color miel precioso. Caminaste tan rápido, a los ocho meses te metías en los cajones del guardarropa; sensible, delicada, con un corazón muy noble. Cuando cumpliste los cuatro meses tu papi se regresó al Ecuador y yo estaba embarazada de Fernanda.

Después de poco tiempo, me fui detrás de él. Una vez en el Ecuador me sentía extraña, a pesar de que es mi país, yo viví en New Jersey desde los 14 años y estaba acostumbrada a otro sistema, no comprendía el procedimiento, la forma de actuar y de vivir de los ecuatorianos; eran otras costumbres. Me sentía triste, lloré mucho y se me fue el apetito; sin embargo, lo único que quería con todas mis fuerzas era que tú, mi preciosa Fernanda, estuvieras cómoda en mi interior, que nacieras bien; le pedí mucho a Dios.

Naciste en Guayaquil, cuando estaba en el sexto mes y medio de embarazo. Era una situación delicada. Tenían que hacerme una cesárea porque durante todo el embarazo perdí mucha sangre, sin embargo, cuando sentí las contracciones, que no fueron tan fuertes como en el anterior, ya estaba en ocho de dilatación, ya venías en camino y tuve que dar a luz en forma “normal”.

No sé de qué dependa que los embarazos sean todos distintos. Pero eso no tiene importancia. Creo que lo importante aquí, es la ilusión y el amor con el que las tuve.

Mi amorosa Fernanda, naciste muy pequeñita, de dos libras y tres onzas, una muñequita hermosa. Tuvieron que ponerte en una incubadora en la que estuviste un mes hasta que maduraran tus pulmones; mi hemorragia, por suerte, duró un día, así que pude estar cerquita de ti mientras crecías. Yo te acompañaba, te hablaba, te acariciaba, te contemplaba, tenía que sacarme la leche para poderte dar en mamadera hasta que te fortalecieras para poder regresar a Cuenca. Durante los primeros meses, no sirvió la ropa de bebé, tuve que envolverte en algodón para mantenerte calentita, lo compraba en telas grandes para poderte rodear con él, porque el algodón ayudaba hasta que el termostato de tu cuerpo comenzara a funcionar. Te compraba una leche especial para niños prematuros. Esa leche no se vendía en todas las farmacias. Un día, desde la “Y” de El Cebollar, me fui caminando hasta el terminal buscándola. La encontré, pero en el camino me asaltaron, me quitaron todos los anillos y aretes de golfi (creyendo que eran de oro), los cincuenta centavos que me dieron de vuelto y hasta la leche que costó $25. Cuando llegué, tuve que comprarte esa leche que toman los bebés y te hizo mucho mal, te enfermaste, vomitaste, te dio diarrea y yo no sabía qué hacer. Tuve mucho miedo. Para que recuperaras el peso y te pusieras fuerte, te daba ácido fólico, una vitamina que se llama Recuperex, recuerdo que cada ampolla costaba $3.

Para mantenerlas a ustedes y a mí vendía ropa usada en la Feria Libre, vendía arroz cocinado y me puse un negocio de comida.

Pero ahora, cuando las veo o las imagino, cuando las escucho, sé que son tan hermosas. Que todo valió por el premio de verlas bien. Esos momentos inesperados que vivimos todas las mujeres y todos los seres humanos quedaron como el recuerdo que hoy vino a mí mientras preparaba las hierbas para vender. Luché bastante para tenerlas bien, para tenerlas vivas y sanas. Me siento feliz de haber colaborado con este crecimiento. Las amo y sé que en algún momento podremos reunir otros recuerdos que queden en nuestro corazón.

Con todo mi amor,

Su mamá

Me agradece y le doy ánimo. Le digo que siga adelante, que ya ha pasado por tanto y que de ahora en adelante todo va a ser para mejor. Pago los jugos. Compro unas humitas para la casa. Agradezco a la señora de La Zarumeña. Y salimos del comedor del mercado 27 de febrero, un nombre de batalla, como la que libra día a día Azucena Narváez por acercarse a sus hijas, por alguien que haga justicia por ella.

Después de esta mañana fría, el sol por fin comienza a calentar. Una hora y media de escuchar este monólogo que me deja silenciosa, espero que la historia se decante y se encuentren soluciones.

Cruzo la calle. Regreso por la Francisco Carrasco. Miro hacia el frente y pongo mi atención en la puerta que siempre ha estado allí, una puertita verde añil de la antigua casa parroquial de la Virgen de Bronce, nunca reparé en ella, sino hasta ahora. Parece un paisaje de una vieja hacienda, con su alero de tejas, las paredes de adobe pintadas de cal acariciadas por los molles del parterre. Una viñeta salida del pasado en medio del tráfico de la ciudad. Me acerco y tengo la sensación de que si cruzo el umbral encontraré la solución.


*María José Larrea Dávila, ecuatoriana, nacida en 1970. Estudió Lengua y Literatura. Ha sido profesora en colegios de Cuenca. Asistió durante un año al taller literario “Palacio (I), caza de palabras” de la Universidad Andina Simón Bolívar, de Quito. Pertenece a los clubes de lectura “En perspectiva lila” y “Santa Ana”, de Cuenca y es colaboradora permanente de loscronistas.net