Notas Curiosas

¿De verdad estuvimos en la Luna? 3ª parte: Ruinas, masones y cineastas

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Madrid.- (Por. ÁNGEL DÍAZ.- EL MUNDO.es).- Uno de los pocos relatos de ficción que ha aparecido en la prestigiosa revista ‘Nature’ fue el escrito por el científico y dibujante William Hartmann, uno de los principales autores de la teoría más aceptada sobre el origen de la Luna.

Se trata de un inquietante cuento futurista en el que David, un joven de 19 años del año 2063, presenta una especie de exposición académica donde explica por qué, en su opinión, la exploración espacial nunca ocurrió.

El relato se titula ‘The paradigm and the pendulum’ (‘El paradigma y el péndulo’) en referencia al relato de Edgar Alan Poe ‘El foso y el péndulo’, una de las obras cumbres de la literatura norteamericana.

Hartmann juega así con la idea de un posible retorno al irracionalismo de las sociedades teocráticas, al igual que el cuento de Poe retrotraía a sus personajes a los tiempos más oscuros del Medievo.

Está redactado en primera persona y quien habla es el personaje de David, gracias al cual conocemos el pensamiento dominante de su época, en la que se ha prohibido la ciencia y se han cerrado las universidades.

“Con la Jihad mundial contra el método científico, nosotros los supervivientes hemos ganado la aprobación del Señor otra vez.

Por ello es por lo que gente como mi abuelo [quien le había explicado que la exploración espacial ocurrió realmente y hasta que se había encontrado vida en Marte] debe permanecer retenida, tanto por su propio bien como por el de nuestra civilización”, concluye David.

Dos años después de la publicación del relato, el divulgador científico y matemático Dana Mackenzie aseguró que, “sorprendentemente, la reeducación que Hartmann predijo ya ha comenzado”, en referencia a un famoso documental de la cadena Fox en el que se denunciaba la supuesta falsedad de los viajes a la Luna.

La teoría de la conspiración -según la cual la exploración humana del espacio fue un fraude- es la versión oficial de algunas religiones, como los Hare Krishna o ciertas corrientes del islamismo más fanático, y ha sido enseñada en las escuelas de estados comunistas de América, como Cuba o la Nicaragua sandinista.

Pero más extraño es el hecho de que gran parte de la población cree en distintas variantes de la conspiración en todas partes del globo.

Es muy posible, de hecho, que muchos de los autores que escriben al respecto crean sinceramente que los astronautas participaron de un descomunal engaño; ellos merecen respeto por buscar la verdad, pero también una contestación contundente que demuestre la incongruencia de sus acusaciones.

Analizadas ya ciertas irregularidades en las imágenes que se tomaron en la Luna y también las varias cuestiones técnicas que han levantado suspicacias, quedan por considerar algunas de las tesis más extravagantes en relación al programa Apolo, que quizás sean también las más sugerentes de responder.

Esta afirmación es incompatible con la presunción de que los astronautas no llegaron a pisar la Luna, pero coincide con esta en que ambas denuncian una presunta estafa por parte de la NASA.

La única forma de desmontar esta acusación sería ir a la Luna y demostrar que allí no hay ruinas ni nada parecido. ¿Debemos creer, entonces, a los defensores de esta hipótesis? La verdad es que no parece muy sensato.

No hay ninguna prueba real que avale la presencia de ruinas artificiales en la Luna, ni ningún motivo conocido por el que al Gobierno estadounidense le hubiese convenido ocultarlo al público, sobre todo teniendo en cuenta que enseguida abandonó el proyecto y que, en aquel momento, parecía factible que astronautas de otros países acudieran en un futuro cercano a visitar esos mismos lugares.

Estados Unidos no sólo no ha reclamado la posesión de los sitios de aterrizaje de sus módulos lunares, sino que ha promovido y firmado tratados internacionales que prohíben expresamente tal adjudicación.

Por lo tanto, si hay restos de una cultura extraterrestre en la Luna, cualquiera está invitado a visitarlos y aprovecharse de sus supuestos conocimientos superiores, o incluso vender viajes programados para visitar las ruinas alienígenas.

Hasta entonces, corresponde a quienes defienden esta estrambótica idea presentar evidencias contundentes que la avalen. Existe, de hecho, un famoso vídeo, bastante borroso e impreciso, con astronautas caminando entre ruinas lunares.

La grabación ha sido emitida como verdadera en algunas cadenas de televisión española, pero es evidente que no puede aceptarse como prueba científica.

El programa Apolo fue un acto masónico secreto

Esta tesis es defendida por el fundamentalista cristiano Texe Marrs en su documental ‘The Eagle has landed. Magic, Alchemy and the Illuminati Conquest of Space’ (‘El águila ha aterrizado.

Magia, alquimia y la conquista illuminati del espacio’). Muy pocos tomarán en serio esta acusación, a todas luces falsa. Sin embargo, su punto de partida, al contrario que otras argumentaciones supuestamente científicas, es correcto. Marrs se basa en el hecho de que Buzz Aldrin, el segundo humano en pisar la Luna, es masón y celebró ciertos rituales sobre la superficie del satélite.

A partir de ahí, desarrolla su teoría conspirativa, en la que se entremezclan el ocultismo, el satanismo, la magia negra y, cómo no, la secta de moda desde que Dan Brown la popularizara en ‘El código Da Vinci’: los Illuminati.

La interpretación de Marrs es errónea, pero su hallazgo es válido. De todos modos, calificarlo de hallazgo es exagerado, pues Aldrin nunca ha ocultado su condición de masón, ni tampoco que celebró una ceremonia religiosa privada sobre la Luna durante los pocos instantes que tuvo libres. Además, incluyó el anillo de iniciación masónica de su abuelo entre los escasos objetos personales que pudo llevar hasta nuestro satélite, lo que posiblemente tuviera algún significado ritual para su familia. Tampoco esto se ha mantenido nunca en secreto, aunque hay que reconocer que no son datos fáciles de contrastar hoy en día.

En noviembre de 1969, después de que el Apolo 11 completara su misión a la Luna, la revista masónica ‘The New Age’ (ahora llamada ‘The Scottish Rite Journal’) lo celebró con la primera portada en color de su historia, ilustrada con una fotografía de Aldrin junto a la bandera estadounidense en Mare Tranquilitatis. Bajo ella, podía leerse: “Edwin E. Aldrin, Jr, 32º, on the Moon”. El astronauta pertenecía al rito escocés y a la jurisdicción sur de Estados Unidos de esta secta.

La vinculación a la masonería de Aldrin, y posiblemente de otros astronautas, es cierta. El único problema de esta teoría conspirativa es que confunde la investigación histórica con una novela de tercera.

El hecho de que Aldrin y otros astronautas pertenezcan a una sociedad secreta no implica que tuvieran intenciones ocultas. El propio Aldrin contó en un libro de memorias, descatagolado hace ya décadas, todas estas circunstancias.

Quienes defienden la tesis del ritual masónico suelen basarse en oscuras referencias que han encontrado en algún libro de esta secta, y parecen ignorar que el astronauta no le daba ninguna importancia al asunto ni tuvo ningún problema en airearlo, incluso con algún detalle escatológico.

Los astronautas del Apolo vestían bajo sus trajes presurizados una especie de pañal que ellos llamaban eufemísticamente contenedor fecal y que impregnaban con una crema especial para contener el olor.

Estas medidas higiénicas eran necesarias porque el viaje a la Luna requería pasar varios días sin poder desnudarse. Así es como narra Aldrin las complicaciones que sufrió con su anillo masónico, momentos antes del lanzamiento de su histórica misión, cuando acababa de embutirse en su traje espacial:

“Una vez que el aire fresco comenzó a correr por el traje me acomodé y relajé. El único momento de ansiedad llegó cuando me di cuenta de que el anillo masónico de grado 32 de mi abuelo no estaba. Lo había llevado durante más de un año y lo consideraba parte de mí. Pasaron varios minutos y me dejé arrastrar por un curioso -y nada habitual- ataque de superstición.

Después de todo, había planeado llevar el anillo a la Luna y traerlo de vuelta, y ahora había desaparecido. Me di cuenta de que debió desprenderse cuando me limpié de las manos la crema de los contenedores fecales. Un médico se ofreció voluntario para correr por todo el pasillo y buscar en el lavabo. En cinco minutos había regresado con el anillo”.

En cuanto a la breve ceremonia religiosa que llevó a cabo Aldrin sobre la Luna, también queda explicada en sus memorias, así como en el más conocido libro de Andrew Chaikin, ‘A Man on the Moon’ (‘Un hombre en la Luna’). El astronauta fue el primer ser humano -y, hasta el momento, el único- en recibir la comunión en un cuerpo planetario distinto a la Tierra.

No se trata, por tanto, de un ritual oculto, sino del habitual sacramento cristiano. Este fue, precisamente, el motivo por el que la NASA decidió ocultarlo, ya que no quería levantar suspicacias entre los no creyentes. Así lo contó el propio Aldrin:

“Durante el primer momento desocupado en el LM [módulo lunar] antes de tomar mi comida, busqué en mi botiquín de utensilios personales y saqué dos pequeños paquetes que habían sido especialmente preparados a petición mía. Uno contenía una pequeña cantidad de vino, el otro una pequeña hostia.

Con ellos y un pequeño cáliz del maletín, tomé la comunión en la Luna, leyendo para mí mismo de una pequeña tarjeta que llevaba en la que había escrito un extracto del Evangelio de Juan usado en la ceremonia tradicional de comunión. Había intentado leer mi pasaje de comunión a la Tierra, pero en el último minuto Deke Slayton [director de vuelos tripulados] me había pedido que no lo hiciese.

La NASA estaba ya inmersa en una batalla legal con Madelyn Murray O’Hare, la famosa oponente de la religión, sobre la lectura de la tripulación del Apolo 8 del Génesis mientras orbitaban la Luna en Navidad”.

A Aldrin no le gustó demasiado tener que disimular sus creencias, pero terminó aceptando la petición de Slayton y, en lugar de leer la Biblia en voz alta, pidió que cada uno reflexionara sobre el significado de aquellos instantes “en su propia e individual manera”.

Andrew Chaikin, que entrevistó personalmente a los astronautas, cuenta cómo Neil Armstrong se sorprendió cuando Aldrin pidió un momento de silencio desde el módulo lunar “a todas las personas que estén escuchando”, ya que desconocía qué se disponía a hacer su compañero. Tampoco lo sabía la mujer de Aldrin, Joan, que en ese momento escuchaba las palabras de su marido desde su casa de Nassau y, simultáneamente, un disco del pianista de jazz Duke Ellington, pasados ya los momentos de tensión del alunizaje.

La Biblia de Aldrin no es el único libro religioso que ha viajado a la Luna. También lo hizo el Corán, a bordo del Apolo 15 y por sugerencia del geólogo de origen egipcio Barouk El-Baz, uno de los científicos más importantes del programa.

Los astronautas también llevaron banderas de la Unión Soviética, en consideración a sus colegas del otro lado del telón de acero, y muchos otros símbolos personales, religiosos o políticos, sin que ello signifique, ni mucho menos, que los viajes a la Luna se llevaron a cabo para glorificar las ideas representadas por estos emblemas.

Hay una explicación mucho más simple para ello: el hombre es un animal simbólico, y esto incluye a ingenieros, científicos y astronautas.

El montaje de Henry Kissinger y Stanley Kubrick

Esta acusación carece de fundamento alguno y es fruto de un malentendido. En efecto, existe una película en la que la viuda de Kubrick y el propio Kissinger, ex secretario de Estado norteamericano, reconocen que todo fue una estafa. Se trata de un falso documental, es decir, de una broma, en la que estos y otros personajes participaron por pura diversión.

El filme no oculta su condición de falso documental, e incluso al final puede verse cómo sus protagonistas estudian el guion, se equivocan al recitar su frase e incluso sufren ataques de risa que obligan a interrumpir la grabación.

Aun así, hay mucha gente que lo tomó en serio, posiblemente porque ya estaba predispuesta y la cinta vino a reforzar sus creencias. Incluso ha sido reflejada en la prensa en alguna ocasión para tratar de reforzar las tesis conspirativas y ocultando que se trataba de un falso documental, quizá por desconocimiento de los propios informadores.

Rocas decorativas

Otras acusaciones relacionadas con el mundo del cine y la manipulación de imágenes se basan en que la NASA está restaurando algunas de estas de imágenes, lo cual es necesario y legítimo debido a que el tiempo deteriora las películas, o que algunas de las rocas que aparecen en las instantáneas presentan marcas que, supuestamente, delatarían que forman parte de un decorado.

El caso más famoso es el de la llamada roca c, la cual, según argumentan los teóricos conspirativos, fue marcada con esta letra por los trabajadores del estudio donde se rodaron los viajes. Sería curioso que esta roca, tan solo una de entre las decenas de miles que aparecen en las filmaciones, estuviese marcada con la tercera letra del alfabeto, y no con un código de cinco dígitos, como mínimo.

Por otra parte, la letra c, más que ningún otro símbolo, es la que tienden a formar los pelillos que a veces se superponen en las imágenes durante el proceso de reproducción. Evidentemente, esto es lo que ocurrió.

De hecho, cuando se acude a la imagen original, el misterioso pelillo desaparece. Miles de geólogos de todo el mundo pudieron ver en directo cómo los astronautas recogían las rocas para estudiarlas después en sus laboratorios. Ninguno de ellos ha albergado jamás la más mínima duda de que se trata de minerales traídos desde otro mundo, y no de rocas terrestres ni mucho menos de decorados de película.

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