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Yo Trabajadora sexual (video)

abril 02
22:16 2013
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(Por Diario EL UNIVERSO).- ¿Puta?, no, esto es un trabajo, un trabajo sexual. Sexual, de sexo, sin deseo, sin cortejo, sin preámbulo, de sexo y ya. Incluso, sin placer.

Brígida de los Ángeles Reyes Neira lleva unos 36 años cobrando dinero por ofrecer su sexo al sexo opuesto. Así de pragmático lo archiva en su memoria y en su cuerpo. Sus pupilas se dirigen constantemente hacia arriba, hurgan en sus recuerdos, regresan, enfocan la mirada en punto vacío y acompañan un relato solitario, incierto, complejo y sobre todo peligroso.

Soy mujer, como cualquier otra, cobro por sexo, pero tengo los mismos derechos, defiende una y otra vez. Tiene la necesidad de defenderse porque se ha sentido ofendida y juzgada, porque se ha sentido estigmatizada, segregada a una fila diferente solo por su oficio, perseguida por una autoridad que cree que debería defenderla, sola aunque su profesión exista gracias a la demanda.

Video por Diario EL UNIVERSO

Brígida representa a la Asociación Femenina de Trabajadoras Sexuales Autónomas 22 de Junio, la primera de Ecuador, registrada jurídicamente en la provincia de El Oro el 13 de agosto de 1987, y reclama respeto. Respeto para un oficio que en Ecuador es legal.

“El ejercicio del trabajo sexual adulto en una casa de tolerancia, establecida conforme a los reglamentos que la autoridad competente expidiere para esta clase de establecimientos, es permitido y no considerado proxenetismo” (artículo 528, literal 1, del Código Penal).

“Los prostíbulos, casas de cita, casas de tolerancia y otros locales de función similar, cualquiera que sea el nombre que ostenten, necesitarán permiso sanitario y estarán sujetos a la respectiva reglamentación” (artículo 78 del Código de Salud).

Brígida ha visto llegar a chicas menores de edad a las casas de tolerancia, con documentos falsificados y un proxeneta en la puerta de la habitación que no las deja escapar. La Asociación que ella preside ha logrado sacar a algunas de estas chicas y llevarlas a la Dirección Nacional de Policía Especializada para niños, niñas y adolescentes (Dinapen) para que sean entregadas a sus familiares, pero comenta que las autoridades más se concentran en los dueños de los locales que en los proxenetas.

“Los dueños piden los papeles y ya. Si tiene una cédula donde dice que es mayor de edad, ellos la reciben. Cuando viene la Policía, lo detienen al dueño, pero el verdadero responsable es el proxeneta. Deberían investigarlo a él, ¿de dónde sacó a la niña?, ¿quién le falsificó el documento?”, insiste Brígida.

Ella es madre, abuela y amiga de un sinnúmero de mujeres que llegan al oficio por un sinfín de razones. Es una mujer que entre cada relato de diferentes escenas de su vida, defiende a su gremio.

Brígida forma parte de una corriente de mujeres que no se avergüenza de su oficio, que aunque no llegó a ser trabajadora sexual por decisión propia, busca que ninguna mujer sea explotada como ella lo fue. Y continúa su defensa: Lo que las autoridades deben cuidar es que no haya menores de edad, que no haya proxenetas, que las chicas no sean maltratadas, que puedan ejercer el trabajo sexual sin el miedo a ser golpeadas o humilladas.

En esta corriente de mujeres, suenan varios nombres: Rosa Manzo, representante de la Asociación Flor de Azaleia; Elizabeth Molina, representante en Ecuador de la Red de Trabajadoras Sexuales de América Latina y el Caribe; Ana Almeida, representante de Casa Trans; que han dejado de llamar a este oficio como “la vida fácil”, “la vida alegre”, la “mala vida”. Elizabeth ha declarado en diversos medios que es ofensivo que a una trabajadora sexual, cuando va a pedir ayuda, le ofrecen otras opciones de trabajo como solución, cuando lo que ellas quieren es que no las juzgue sino seguir ejerciendo su oficio pero sin ser maltratadas.

Silvia Buendía, abogada y activista por los derechos de la mujer, apoya estos argumentos. “Ni bueno ni malo, ni moral ni inmoral. El trabajo sexual es una realidad y debe verse desde una perspectiva política. Si una persona decide ejercerlo, la obligación del Estado es garantizar que esa decisión se ejerza por voluntad propia, que nadie la esté obligando, que nadie la maltrate, que sus derechos ciudadanos se respeten”.

“Es muy importante también recalcar que no es el trabajo sexual ejercido desde el conocimiento informado y la libre voluntad lo que le hace daño a la sociedad. Es el abuso, la violencia que está ligada a este tipo de trabajo el problema. Te hablo de la esclavitud sexual, la trata, la violencia de género que implica obligar a una mujer, a veces una niña, a venderse. El hecho de que este ejercicio sea aprovechado por terceros explotadores”, añade Silvia.

Brígida fue víctima y ahora trabaja para que no existan más abusos.

El primer hombre… y el resto

A los once años Brígida salió de su casa en busca de trabajo, sin siquiera terminar la primaria.

Huérfana de madre, llegó a Pasaje para trabajar en un restaurante. Junto con una amiga vieron mejores oportunidades en Quito, fue a trabajar como empleada doméstica y a los 16 años regresó a El Oro. Conoció a un hombre, de unos 25 años, con quien formó lo que ella creía iba a ser su hogar permanente. Al año de convivencia escuchó estas palabras: mijita, usted va a tener que trabajar. – ¿dónde?, ¿en qué?, preguntó.

Él llegó a casa con un balde, una lavacara y una jarra. Ella aún ignoraba para qué. La llevó a una casa de tolerancia (nombre oficial para un espacio legal donde se ofrece servicio sexual) y le dijo:

Mire mijita, usted va a ir a un cuarto, ahí van a llegar hombres y usted va a hacer lo mismo que hace conmigo.

El balde era un tacho de basura, la lavaraca y la jarra eran artículos de aseo, y ella era una trabajadora sexual. Se encerró en ese cuarto, desconcertada. Una chica, mayor a ella, le dio un consejo que evidenció su nueva realidad: Mira muchacha, tranquila, esto es un trabajo como cualquier otro. Pero eso sí, nunca le des el dinero a tu marido, porque eso es lo que ellos quieren.

Brígida no se animaba a recibir a ningún hombre y entonces recibió otro consejo que después sonaría a presagio: Chica, así usted no va a ganar y su marido le va a pegar.

Después de unas cuatro horas de estar en esa pequeña habitación, Brígida abrió la puerta al primer hombre que le pagaría por sexo. Luego, ya todos fueron iguales, hombres sin rostro que recordar.

– ¿Experimentan placer sexual durante su trabajo?

No. Ahí no hay placer. Esto es rápido, cinco minutos. El hombre entra, paga, se desocupa y se va.

Él sabe que ahí no es para ir a dormir. Los maridos de algunas compañeras les ponían timbres que ellos hacían sonar desde afuera para que sepan cuando ya se cumple el tiempo.

– ¿Duele?, física o emocionalmente.

Duele que una persona que creías que te quería te lleve ahí. El trabajo en sí, no duele, uno se acostumbra. Las chicas me decían que esto es un trabajo normal, que yo no estaba ahí porque necesitaba hombre. Me acostumbré, a lo que no me acostumbré es a darle la plata a ese hombre.

– ¿La mayoría de las chicas con las cuales ha compartido de cerca el oficio tenía un proxeneta?

La mayoría eran llevadas por sus maridos. Ellos se hacen los enfermos para decirle a las chicas que trabajen solo un tiempo, pero luego no las dejan salir. A algunas las sacaban del campo, las metían a trabajar y las amenazaban con contarle a sus familias si los dejaban.

– ¿Se forma algún vínculo con los clientes?

Normalmente no. A algunas chicas, cuando ya no tienen chulos, unos hombres les ofrecen sacarlas de ahí. Unas pocas se han casado y viven bien, pero eso no es común. ¿Amigos?, pocos.

Yo tenía un amigo que a veces iba, me invitaba a almorzar, me pagaba pero no tenía sexo conmigo, conversaba sobre su vida, pero ese caso es excepcional.

– Económicamente, ¿es mejor el trabajo sexual a una actividad como doméstica, artesana u otra similar?

Si uno no tiene educación no hay muchas opciones. En un comedor, por ejemplo, uno gana mensualmente y gana poco, en el trabajo sexual una tiene dinero a diario, y al menos cuando yo comencé se atendía a unos veinte hombres al día y se podía decir que era bueno. Ahora ya no es así porque han aumentado las casas de tolerancia y hay mucha competencia. Además, y ahí es donde la Asociación está trabajando mucho, los que verdaderamente se enriquecen son los dueños de las casas de tolerancia que cobran $40, $50, $60 y $70 semanales por un cuarto de dos metros de ancho por tres de largo, donde apenas entra una cama de una plaza, un sanitario y una ducha que muchas veces ni siquiera tiene agua.

Fuera de la habitación

Brígida tuvo dos hijos con el hombre que la llevó a ejercer el trabajo sexual por primera vez.

Cuando ella dejó de darle el dinero, cuando se cansó de los golpes y después de una gran pelea, él desapareció. Con dos hijos pequeños que alimentar y un alquiler pendiente, ella continuó en su oficio. Enviaba a sus hijos a la escuela y se iba a una casa de tolerancia. Mientras sus hijos eran pequeños le pagaba a una vecina para que los cuide hasta que ella volviese, al final de la tarde.

Cuando su hija mayor cumplió nueve años, ella aprendió a cocinar y a cuidar de su hermanito.

Los enviaba a la escuela, la hija cocinaba y le enviaba el almuerzo con su hermano, o sino ambos niños iban a los alrededores de la zona de tolerancia para almorzar junto con su madre y regresaban a casa para hacer sus deberes y esperar a que mamá vuelva del trabajo.

Después de casi una década en la actividad, conoció a otro hombre, dejó la actividad por un tiempo, tuvo otro hijo, pero este hombre también se fue. Brígida continuó ejerciendo el trabajo sexual hasta que casi dieciocho años después contrajo matrimonio, civil y eclesiástico con otro hombre y creyó que uno de sus deseos se iba a cumplir, envejecer junto a una pareja. “Fui feliz un tiempo, pero luego este hombre sacó las uñas. Quería que mi papá enfermo trabaje, que mi hijo menor trabaje. Gracias a Dios no tuve hijos con él. Después de una pelea se fue también, pero aún no me ha querido dar el divorcio, dice que quiere que le dé la mitad de mi casa, pero no, esta casa la construí yo sola”, relata, nuevamente en tono defensivo.

Sus tres hijos ya son adultos, los dos mayores ya han formado una familia, y el menor tiene un trabajo regular. Eso la mantiene en pie, por eso todo ha valido la pena, dice. Si de algo está orgullosa es de haber construido una casa, de que sus hijos hayan estudiado, de que nadie le diga ofensas en la calle. Brígida dice haberlo logrado porque ha sabido delimitar su actividad. De mi casa al trabajo y del trabajo a mi casa, a mí no me ha gustado que en la calle me digan nada, porque este es un trabajo que lo ejerzo en un lugar específico y fuera de ahí soy una mujer como cualquier otra, reafirma.
La lucha de un gremio

Brígida se ha reunido con las representantes de otras asociaciones, locales y nacionales. Ella cree en los procesos de capacitación educativa, siempre y cuando vayan a la par con las defensas por las trabajadoras sexuales, no como un condicionante para que dejen la profesión. Comenta que tiene compañeras que a la par del trabajo sexual se han capacitado hasta obtener títulos universitarios; sin embargo, han sido discriminadas y acosadas cuando van a buscar empleo.

Comenta que como gremio, la Asociación Femenina de Trabajadoras Sexuales Autónomas 22 de Junio ha emprendido capacitaciones para el cuidado de la trabajadora sexual. Comenta, por ejemplo, que ha sido un gran trabajo establecer el uso del preservativo. Ella dice que en El Oro se ha regularizado el uso del preservativo desde hace unos cinco años, aproximadamente, y aunque casi todas exigen su uso, no se puede decir que es el 100% porque cuando el hombre les ofrece más dinero, algunas acceden a no usar preservativo o también, comenta, que en medio del acto sexual, algunos hombres se lo quitan sin que la mujer se dé cuenta y se genera un conflicto.

Comenta, además, que al inicio ni siquiera las mismas trabajadoras sexuales aceptaban el uso del preservativo, porque eso significaba que ellas debían comprarlo e insistirle al hombre para que se lo ponga y eso representaba mayor trabajo para ellas. Pero con las charlas sobre las enfermedades de transmisión sexual, ellas se dieron cuenta de lo importante que era su uso y ya se lo exigen a los hombres.

También se ha logrado que la Policía no persiga a las trabajadoras sexuales. Hace unos diez años, cuando las trabajadoras sexuales iban a los hospitales para realizarse controles, a ellas decían que sólo se las atendía por la tarde o que hagan una fila aparte. No las ponían en la misma fila que las otras mujeres no trabajadoras sexuales que iban a chequeos o consultas. Eso ya se ha logrado cambiar, detalla Brígida, porque somos como cualquier mujer, ¿por qué nos tenían que poner en otra fila?, cuestiona.
Cuando no se está defendiendo

Brígida ha direccionado su vida al trabajo por un grupo al que ella no eligió entrar, pero en el que eligió quedarse. Cuando no está defendiendo sus derechos, su vida se divide entre la tristeza y la alegría de quien no vio realizados sus sueños personales, pero que dio a sus hijos aquella que ella no tuvo, como ella dice, como cualquier madre.

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