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Investigan al jefe de Seguridad Nacional de Trump por sus lazos con Rusia

Investigan al jefe de Seguridad Nacional de Trump por sus lazos con Rusia
febrero 13
21:54 2017
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(EL MUNDO).- “Como suele pasar tantas veces con los escándalos de Washington, no es el escándalo original lo que crea problemas a la gente, sino el intento de ocultarlo”. Era el 28 de octubre de 2005, cuando un prácticamente desconocido congresista republicano por Wisconsin, Tom Petri, hizo ese comentario. Aunque Petri se refería al procesamiento de su correligionario L. Scooter Libby, el jefe de gabinete del entonces vicepresidente, Dick Cheney, su frase pronto se convirtió casi un refrán en la capital estadunidense.

Ahora, once años y medio después, esa cita resume la nueva crisis en la que está sumida la presidencia de Donald Trump, y que podría incluso costarle el cargo a uno de los máximos colaboradores del presidente, su consejero de Seguridad Nacional, el ex general Michael Flynn. La razón, una vez más, es la controvertida relación entre el actual Gobierno estadounidense y el régimen de Vladimir Putinen Rusia. Flynn podría haber tratado de crear una diplomacia paralela entre

Moscú y Washington cuando Barack Obama era presidente y, contraviniendo el principio de Petri, haber tratado de encubrir sus acciones.

La clave del escándalo es muy simple. Flynn mantuvo varias conversaciones telefónicas y a través de mensajes de texto con el embajador ruso en Washington, Sergey Kislyak, en noviembre, diciembre, y enero. En aquellos días ya era público que iba a ser nombrado consejero de Seguridad Nacional una vez que Trump jurara el cargo. Pero el

Gobierno de EEUU estaba en manos de Barack Obama. El descubrimiento de las llamadas provocó una investigación de los servicios de seguridad de EEUU, entre ellos el FBI, la NSA (que espía las telecomunicaciones), la DIA (la principal agencia del espionaje militar, de la que Flynn fue, precisamente, director con Barack Obama), el Departamento del Tesoro, y otras instituciones.

La cuestión es que esas conversaciones podían abrir las puertas a una investigación formal si en ellas Flynn hubiera cometido un delito penal al violar la Ley Logan de 1799 que prohíbe a un ciudadano privado – que es lo que el ex general fue hasta el 20 de enero, cuando juró el cargo de asesor de Seguridad Nacional – realizar misiones diplomáticas. La clave era una llamada: el 29 de diciembre, Flynn llamó a Kislyak apenas unas horas después de que Barack Obama impusiera las sanciones más duras a Rusia desde la década de los setenta por la interferencia de ese país en las elecciones estadounidenses. Al día siguiente, Flynn y Kislyak intercambiaron mensajes de texto.

El ex general negó haber hablado con Kislyak de nada que tuviera que ver con las sanciones. Y así se lo comunicó al vicepresidente, Mike Pence. Saber si eso era verdad no parecía muy difícil, porque el teléfono del embajador ruso en Washington está, más que pinchado, arponeado, por la inteligencia de EEUU. Y ahí llegó la sorpresa la semana pasada, filtrada a los dos diarios que llevan a cabo una oposición más dura a Trump, el Washington Post y el New York Times: Flynn y Kislyak hablaron de las sanciones. No está claro si el consejero de Seguridad Nacional prometió al embajador ruso reducirlas una vez que Trump asumiera la presidencia. Pero lo que sí quedó claro es que había mentido.

Desde entonces, la posición política de Flynn ha quedado en cuestión. La jefa de los demócratas de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, dijo ayer que “ya es hora de que Trump le diga a Flynn: ‘Estás despedido'”. La Casa Blanca de Trump, que está formada por varias facciones enfrentadas entre sí, ha estallado en una lucha que se libra en buena medida a base de filtraciones a los medios de comunicación. Muchos, como Pence, parecen querer que se vaya. Pero Trump no es hombre que admita errores, y por ahora se niega a deshacerse de Flynn. “¿Qué informe es ése? No lo he visto”, dijo Trump el viernes a la prensa cuando le preguntaron por el documento con las acusaciones contra Flynn. El presidente ya perdió en julio a su entonces ‘cerebro’ electoral Paul Manafort, por las conexiones de éste con Rusia. Ahora podría pasarle lo mismo con su consejero de Seguridad Nacional.

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