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Bienes confiscados, papa caliente en relación EEUU-Cuba

Bienes confiscados, papa caliente en relación EEUU-Cuba
marzo 30
09:51 2015
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Por ADAM GELLER | Associated Press

OMAHA, Nebraska, EE.UU (AP) — Un aroma a café viene de la cocina mientras Carolyn Chester revisa unas fotos viejas que saca de cuatro cajas de la mesa del comedor.

Aparecen amigos tomados de los brazos en una playa cubana.

Hombres con trajes y mujeres con vestidos de fiesta en una discoteca de La Habana.

En casi todas las fotos aparecen un hombre elegante con un bigote con algunas canas y una mujer de cabello negro con las cejas arqueadas como las de una estrella de cine de los años 50, los padres de Chester, que sonríen por su buena fortuna, sin saber que pronto los abandonaría.

“Siempre oí hablar de Cuba”, dice Chester. “De todo el dinero que perdimos y de que ‘tal vez algún día…’, pero no entendía de qué hablaban”.

Ahora, casi 60 años después y a 2.300 kilómetros (1.500 millas) de distancia, ese día podría estar cerca para Chester y muchas otras personas como ella. Para que se haga realidad, no obstante, una nueva diplomacia, que todavía no ha sido ensayada, tendrá que ajustar viejas cuentas.

“Siempre oí hablar de Cuba… de todo el dinero que perdimos y de que ‘tal vez algún día…’, pero no entendía de qué hablaban”.

Poco después de que Fidel Castro asumió el control de Cuba en 1959, su gobierno comenzó a confiscar propiedades de miles de ciudadanos y empresas estadounidenses. En el caso de Edmund y Enna Chester, las pérdidas incluyeron una hacienda 32 hectáreas con animales y un Buick nuevo que, quien sabe, todavía podría estar circulando por las calles de La Habana.

En 1996 el Congreso estadounidense aprobó una ley que estipula que Cuba deberá compensar a los estadounidenses por lo confiscado como requisito previo para que se levante el embargo.

Ese requisito no fue mencionado por el presidente Barack Obama cuando anunció en diciembre que Estados Unidos y Cuba reanudarían sus lazos diplomáticos. Dada la fragilidad de la economía cubana, algunos expertos dicen que las empresas cuyas propiedades fueron confiscadas podrían darse por satisfechas si se les permite volver a operar allí y darían vuelta la página.

Pero la memoria de las empresas no perdura tanto como las de las familias. Eso queda claro en sitios como la pequeña vivienda de Chester en Omaha, en un lote esquinero, donde un retrato pintado de su madre, con un marco dorado, observa los amarillentos títulos de propiedad y las acciones que hoy no valen nada.

Son recordatorios de la Cuba que existió antes de la llegada de Castro. Y la amargura generada por lo que vino después aún sigue presente.

En las oficinas de una dependencia federal poco conocida hay más de 5.900 reclamos de muebles, fábricas, ropa y vehículos que alguna vez pertenecieron a estadounidenses en Cuba.

Detrás de cada reclamo hay una historia, una vida que quedó atrás.

La historia de Edmund Chester comenzó poco después de que fue dado de baja por el ejército y regresó a su casa en Louisville, Kentucky, donde consiguió un trabajo como reportero de un diario. En sus horas libres aprendió por su cuenta a hablar español y en 1929 fue contratado por la Associated Press, que lo envió a La Habana.

Chester pasó la década siguiente informando desde todo el Caribe y América Latina. Su trabajo denotaba su amor por Cuba, cuya música y arte llenaron su casa hasta su muerte, y dio lugar a dos importantes relaciones.

La primera nació cuando cubrió en 1933 una revuelta que puso a un antiguo sargento, Fulgencio Batista, a cargo de las fuerzas armadas cubanas. Dos décadas después, cuando Bautista era el dictador de Cuba, le encomendó a Chester –quien por entonces era un amigo cercano y compañero de pesca, y que no ejercía el periodismo– que escribiese una biografía autorizada, con una foto de los dos sonriendo en la tapa.

La segunda relación surgió en 1939, cuando Chester fue a Chile para cubrir un terremoto y vio a Enna, 20 años más joven que él, en la piscina de un hotel.

En 1940, CBS contrató a Chester como jefe para América Latina. En CBS Chester llegó a ser director de noticias y de eventos especiales de la cadena y trabajó en Nueva York con el legendario periodista Edward R. Murrow.

Volvió a Cuba en 1952 y compró una cadena de radios en la isla donde las empresas estadounidenses dominaban la economía. La Habana era un imán para los estadounidenses, incluidas celebridades como Frank Sinatra y Marlon Brando, que iban allí a divertirse.

Chester vendió las radios después de unos pocos años y su creciente familia seguía dividiendo su tiempo entre La Habana y Florida.

Abrió una agencia de relaciones públicas en La Habana y una granja de 30 hectáreas en la isla. En 1957 Chester compró acciones de la empresa telefónica cubana por valor de 250.000 dólares.

Este asesor de Batista, a quien también le redactó discursos, empezó a inquietarse cuando los rebeldes de Castro comenzaron a ganar terreno.

“Estoy de acuerdo en que deberíamos irnos de Cuba lo antes posible”, le escribió a su esposa desde La Habana en julio de 1958.

Se reunió con su familia en la Florida tres días antes de la Navidad. Pero pocos días después Batista huía del país y el primero de enero de 1959 las fuerzas de Castro tomaron control del país.

Cuando la Unión Soviética empezó a enviar petróleo a Cuba, Estados Unidos le ordenó a las refinerías de la isla –que eran propiedad de firmas estadounidenses y de otros países– que no procesasen el crudo de su gran enemigo de la Guerra Fría.

El gobierno cubano se apropió entonces de las refinerías y EE.UU respondió eliminando las protecciones a los precios del azúcar cubano, que generaban el 90% de las divisas fuertes de la isla. Cuba nacionalizó las principales haciendas y para cuando el presidente John F. Kennedy impuso el embargo, ya había confiscado una cantidad de propiedades.

Librado a su suerte, Edmund Chester escribió que su nido se “había colado, como unos huevos revueltos, por la tiranía de Fidel Castro”.

La Comisión de Reclamos del Extranjero, cuyas siglas en inglés son FCSC, recibió miles de reclamos de propiedades confiscadas en Cuba. Las más grandes eran de empresas como la Cuban Electric Company, dueña de una planta eléctrica confiscada de 268 millones de dólares. Luego de numerosas fusiones empresariales, el reclamo está hoy en manos de Office Depot.

La mayoría de los 5.900 reclamos aprobados, sin embargo, eran de individuos y familias.

Expertos en el tema difieren en torno a la validez de los reclamos, que están amparados por las leyes internacionales.

“Hoy por hoy, lo único que hay son los recuerdos más que nada”, dice Robert Muse, abogado de Washington que representa a compañías con reclamos. “Para muchos, luego de ser desposeídos (de sus propiedades) crean un mundo idealizado que tal vez no existió realmente”.

Sin embargo, Mauricio Tamargo, presidente de la comisión de arreglos hasta el 2019 y hoy abogado que representa a personas con reclamos, dijo que las confiscaciones produjeron perjuicios permanentes a familias estadounidenses.

“Muchas jamás se recuperaron económicamente”, sostuvo Tamargo. “Tú sabes, nadie jamás pensó que pasarían 50 años y no habrían sido compensados”.

A los 60 años, Edmund Chester tenía tres hijos pequeños y no podía darse el lujo de jubilarse. Con los últimos ahorros que le quedaban, se dedicó a criar pollos.

“La granja de pollos fue un desastre financiero”, dice su hijo Edmund Jr. “No me di cuenta lo mal que estaban las cosas hasta que revisé los archivos y aparecieron todos los documentos legales. El proveedor de alimentos, el banco hipotecario, todos estaban detrás suyo”.

El estrés hizo mella en Chester, cuyas facultades mentales estaban diluyéndose. Les dijo a sus hijos que temía que los hombres de Castro lo iban a matar y les enseñó a usar armas. Se despertaba gritando en medio de la noche.

Antes de morir en 1975 a raíz de una serie de derrames cerebrales, el viejo Chester seguía esperanzado en recibir compensaciones por la confiscación de propiedades que fue “tan rápida, tan violenta y tan completa”.

Su esposa, Enna Chester murió en 2001, lo único que le quedó a Carolyn Chester fueron rollos de películas viejas y una gran cantidad de papeles y deudas.

Cuando se fue a Omaha con su familia en 2006, consiguió trabajo en la oficina de admisiones de la facultad de medicina de la Creighton University, donde le mostró a su compañeros fotos de su familia en Cuba.

Un día una colega le comentó al pasar que había escuchado que estudiantes y profesores de la facultad de derecho estaban investigando reclamos de propiedades confiscadas en Cuba. ¿Castro no se había quedado con las tierras de la familia?

En 2005, el gobierno estadounidense encargó varios estudios, incluido uno sobre las propiedades confiscadas y otros sobre los reclamos. Un grupo de Creighton ganó la convocatoria.

Los profesores reclutaron estudiantes y pasaron una semana estudiando viejos reclamos hechos en Washington. Dos profesores viajaron a Cuba a inspeccionaron viviendas y negocios mencionados en los reclamos. Comprobaron que los nombres de las calles habían cambiado y que algunos edificios se encontraban en muy mal estado, mientras que otros habían desaparecido.

“Esta es la vida de la gente, cosas que perdieron. Y no será posible recomponer esto”, dijo el profesor de ciencias políticas Rick Witmer, señalando hacia los archivos de un banco de datos de una computadora que armó a partir de los detalles de los reclamos. Un archivo habla de una familia que perdió obras de arte y los muebles de la casa. Otro de una fábrica de cigarrillos.

Cuba no tiene dinero para pagar por los reclamos en su totalidad, dice el profesor de derecho Michael Kelly. En 2007, los profesores de Creighton advirtieron reclamaciones podrían producir neto a sólo 3 o 4 centavos de dólar.

Las leyes estadounidenses, no obstante, le exigen al gobierno que lo intente. El embargo comenzó con una directiva presidencial. Pero en 1996, en medio de grandes tensiones derivadas del derribo de dos aviones de exiliados cubanos que tiraban panfletos sobre la isla, el Congreso aprobó la ley Helms-Burton, que estipula que el Congreso es el único que puede levantar el embargo.

La revisión de los reclamos aprobados ofrece un panorama de una era en la que Cuba concentraba mucha riqueza estadounidense. Hoy, los principales reclamos, de empresas como Exxon y Coca Cola, podrían resolverse si el gobierno cubano les da el derecho a operar en Cuba, dice Kelly. Pero las otras personas que tienen reclamos tienen que hacerse a la idea de que el país simplemente no tiene el dinero para compensarlos, acotó.

En 2007, los profesores de Creighton ofrecieron una conferencia de prensa para dar a conocer los resultados de sus investigaciones de los reclamos y dijeron que lo más probable es que se recuperen entre tres y cuatro centavos por dólar perdido.

“Cuando se abra la economía cubana, tendremos la bancarrota más grande del siglo XXI a 90 millas (145 kilómetros) de nuestras costas”, dijo Kelly. “Tenemos que ser ingeniosos para hacer desaparecer esos reclamos”.

A las personas que tenían reclamos se les había venido diciendo que sus pérdidas serían ajustadas a la inflación. Los 1.900 millones de dólares confiscados en los años 60 equivaldrían a mucho más hoy, al menos en los papeles. La perspectiva de que las pérdidas de Chester, que alguna vez fueron calculadas en 489.000 dólares, sean devaluadas ofusca a Carolyn Chester. Y cuando un inversionista la llamó proponiéndole comprar su reclamo por una suma mucho más baja, directamente se enfureció.

En diciembre, Chester escuchó que Obama iba a hacer un pronunciamiento sobre Cuba y pidió el resto del día libre. De vuelta en su casa, encendió el televisor debajo del retrato de su madre y escuchó atentamente al presidente cuando habló de revisar una “política rígida, basada en eventos que tuvieron lugar antes de que la mayoría de nosotros hayamos nacido”.

Para Chester, el discurso confirmó que los políticos y las empresas quieren dar vuelta la página y se alegrarían si desaparecen los reclamos.

Fidel Castro no se quedó con las propiedades solamente, dice Chester. Se llevó la seguridad financiera de sus padres, el bienestar de su familia, la salud de su padre y toda posibilidad de una herencia que pueda reparar los escalones rajados de su puerta.

Cincuenta y seis años después, dice, “no voy a permitir que me despojen de nuevo”.

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